LA QUE HACE EXISTIR

Por Pablo Ananía*

El peronismo atraviesa hoy circunstancias extraordinarias. Podría hablarse, en términos de Agamben (2004) de un “estado de excepción” que exige de manera imperiosa actuar políticamente. Entiéndase: no se habla aquí de un país en guerra sino de un movimiento político que ha sido temporalmente desplazado del poder, lo que para algunos significará -más temprano que tarde y ante la amenaza de pérdida de derechos por la restauración conservadora en la Argentina- el enfrentamiento de dos fuerzas opuestas: una que los instituyó y una que intentará desactivarlos o deponerlos.
No hay otra alternativa para el peronismo que discutir puertas adentro quién debe y puede liderar el movimiento de resistencia que se avecina en defensa de los derechos que se vulneren, ya sea en busca de fomentar la acumulación de unos pocos o como efecto colateral de la ominosa “no más venganza” (La Nación, 23/11/2015).
De hecho, liderazgo y autoridad son conceptos que están absolutamente vinculados. Autoridad viene de auctoritas, palabra latina que a su vez proviene de la conjunción de dos palabras distintas: augeo y auctor. Hanna Arendt (1956) adhiere al significado que le da a autoridad el primer término (augere), que clásicamente se entiende como origen de la autoridad y significa aumentar algo, hacer crecer. Pero, como afirma Benveniste (1983) es auctor la realmente significativa. Porque habla de un don reservado a pocos hombres [o mujeres, claro], de hacer surgir algo y -al pie de la letra- de «hacer existir»”. Pavada de frasecita, impresionante definición la del filósofo y lingüista: “hacer existir” es patrimonio de quien lidera como consecuencia de esos valores misteriosos a los que -dice él- son privilegio de los dioses o de las grandes fuerzas naturales.
Quien lidera entonces inspira a que se materialice su visión del mundo pero debe, además, sostener su ambición transformadora en quienes le siguen y creen en su discurso. ¿Y en quién creer sino en ella y quién sino ella puede hoy mostrar con la autoridad de la palabra lo que debe hacerse? ¿Quién sino ella en el movimiento peronista reúne las tres condiciones que caracterizan a un líder o -claro- a una lideresa? Hagamos nombres suponiendo que también sean peronistas: ¿Massa, de la Sota, Urtubey? Señala el propio Benveniste que tres son las condiciones necesarias: 1. el hombre o la mujer en marcha, 2. el hombre o la mujer de autoridad, 3. el hombre o la mujer que lleva la palabra.
La palabra es una cosa seria y las tres condiciones en realidad implican una sola función: la de “portavoz, personaje sagrado, cuya misión es transmitir el mensaje de autoridad” (Benveniste, 1983: 257). “Personaje sagrado”: descartemos entonces: ni Massa, ni de la Sota, ni Urtubey. Por un puñado de votos no hubo recambio con Scioli. Ya no lo habrá.
Sigamos: autoridad no es un atributo excluyente de quien lidera. Parece necesario observar lo que acusa Pfeffer (1977): toda organización política se asemeja a un abigarrado matorral barrido por las tormentas en lugar de parecerse a un jardín cuidado con esmero. En el mismo sentido el movimiento peronista puede pensarse como matorral o rizoma, tal y como lo entienden Deleuze y Guattari (2002): un rizoma es como un tallo subterráneo. Los bulbos, los tubérculos, son rizomas. En un rizoma se encuentra lo mejor y lo peor de la naturaleza: la papa y la grama, la mala hierba, el pulgón y las ratas que corren unas por encima de otras.
En el acontecer político constituye un rizoma el conjunto indeterminado de problemáticas (subterráneas, profundas, latentes y manifiestas) que se entrelazan y se indeterminan (salgan o no a la superficie), aún cuando en el imaginario popular no se registre así sino como una variedad de problemas que interactúan, es cierto, pero son causados por un factor general: la malaria económica, las pequeñas traiciones, la seducción/corrupción mediática, la avidez por acumular.
Y entonces nadie ve claramente el rizoma sino un punto fijo de la enredadera: un origen imaginado, único, y ficticio. Así, en la percepción de un cierto público parece posible que no se perciba la complejidad del movimiento peronista todavía sembrado de magníficas plantas pero circundado de malas hierbas y ratas que corren unas por encima de otras. Para esterilizarlas habrá que estar atento, porque sólo una persona ha de tomar el poder de la lengua dominante en esa multiplicidad política. La lengua, el habla, la palabra, será lo que defina el liderazgo.
Es probable que la palabra “líder” provenga etimológicamente del inglés “leader” (aunque hay quienes señalen que se pudo haber originado en el vocablo latino “litis” (lid, querella, combate, disputa, pleito): vamos Cristina todavía: ¿quién puede negar que los motivos reales para la confrontación existen y la hacen necesaria?). Pero no vale la pena irse por las ramas de los lexicones, aunque suena lindo lo que dice el Cuyás de “líder”: “rueda motriz; nervadura, vena, filón”. Sí: nervadura, rueda motriz, filón de oro en la Argentina el liderazgo de Cristina Fernández cuyas virtudes (las mismas que definió Aristóteles) la posicionaron durante los últimos 12 años consecutivos de gobierno kirchnerista con más del 60% de imagen positiva, la más alta imagen que pueda concebirse en una presidenta pese al desgaste de los ciclos y la ruindad de los ataques mediáticos que no cesan ni aún en la ajustada derrota electoral.
No parece para nada casual que Cristina enunciara enfáticamente en su discurso del 7 de mayo de 2015: “Es necesario que todos tengamos esa mirada más amplia y colectiva, ese abandono de egos personalistas si realmente creemos que esto es un proyecto colectivo, si realmente creemos que la Patria es el otro”.
La Patria es el Otro, una frase que permite retomar el binario de Agamben (2004: 143), por un lado el auctor, la auctoritas, la lideresa, y por el otro la potestas, el pueblo (que no es la opinión pública sino el poder socialmente reconocido), ambos articulándose para la resistencia peronista, uno al otro y a la inversa enriqueciéndose, recreándose. Un tal Levinas (Emmanuel, no el arcángel Gabriel, payasesco argentino) pensaba la intersubjetividad en estos términos: el otro es aquel de quien el sujeto tiene que responder para constituirse como persona íntegra y sólo el lenguaje imperativo de la ética es apto para expresar esta experiencia en la que se nos da el ser humano. Levinas basa su filosofía en las particularidades del decir, de lo dicho, del lenguaje como el instrumento fundamental de la alteridad, de la lengua, del vínculo con el otro. Y lo que el decir expone es la diferencia de los seres, la exterioridad en la que los humanos nos movemos unos con otros. Léanse los discursos de Cristina y los de Macri. ¿Cuál de ambos expone la pluralidad que somos? “La razón que habla en primera persona no se dirige al Otro, sostiene un monólogo”. En ella, en cambio, no por casualidad “el lenguaje mantiene precisamente al Otro al que se dirige, a quien interpela o invoca” (Levinas, 1987: 95 y 96).
Está claro que lo que distingue a Cristina de todas las demás criaturas vivientes del peronismo y del macrismo, por supuesto, es su palabra, su capacidad para desplegar, entender e incluso crear conjuntos de símbolos y sistemas simbólicos que conminan y ayudan a convivir, gobernar, dialogar, enseñar, aprender, liderar y ser guiados, es decir: a ser personas en “común-unidad”. Por ahora y por mucho tiempo no habrá ninguna igual.

* Pablo Ananía es poeta y periodista.

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