Sin el circo y sin el pan

*Por Mariel Baiardi

Deskirchnerizar se ha puesto de moda. Pareciera que el nuevo gobierno y sus aliados se ha puesto el riguroso objetivo de borrar los símbolos crispantes de la década ganada. Alivio para miles de ciudadanos honrados y trabajadores que estaban hartos de las cadenas nacionales, de que todo en esta vida tuviera por nombre Néstor Kirchner, de tanta proliferación de banderas.
Pero el problema de las banderas para todos aquellos determinados a trazar los ejes rectores de un gobierno genuinamente popular es que las banderas debieran representar y han representado acción política concreta. En su momento, políticas de Estado que permitieron mejorar las condiciones materiales de vida de millones de personas.
Esas mejoras no crispan a nadie, está claro. A ningún ser humano con su psique funcionando más o menos bien le molesta poder prever su futuro económico y financiero de corto plazo, adquirir bienes que le aseguren un mínimo confort en varias cuotas, poder comprarse su casa, su aire acondicionado, irse de vacaciones. Por otro carril deberán discutirse los problemas del deseo del confort. Pero, atención, es eso lo que se perderá.
En el medio del despelote, de vuelta en crisis la concepción del Estado. Un gran Estado que sea parte activa en garantizar a la mayoría de la población ciertos servicios públicos, en limitar la voracidad de las grandes corporaciones económicas, en equilibrar la circulación de mensajes que forman opinión pública; y que por su envergadura entonces deba trabajar en la modernización de sus estructuras, en el saneamiento de sus procedimientos, en la transparencia de sus mecanismos. O un Estado lo suficientemente achicado como para no generar obstáculos a los poderes fácticos y mantener en pie los resortes útiles, funcionales a sus intereses. Los errores de un Estado orientado a la satisfacción de los intereses populares no deberían ya volver a poner en el tablero esa falsa alternancia. La historia lo demuestra. El Estado presente solamente para los poderosos no ha cesado en su propósito de demoler al país. Luego, cuando el hambre azota, hay que arrancar todo de cero.
Quienes elegimos estar del lado de las mayorías populares no siempre somos elegidos por esas mayorías. Podremos mirarnos el ombligo y reconocer con toda justicia que hemos abandonado la incomodidad de escuchar a los otros (los otros de la Patria) para hablar con nosotros mismos. Eso debería alentarnos a recomponer ese diálogo. A encontrar las herramientas necesarias (que empiezan con la comprensión y la paciencia, y con la imperiosa necesidad de dejar de creerse mejor que el resto, sí) para explicar en perspectiva histórica causas y consecuencias de grandes procesos políticos y pequeñas decisiones cotidianas. A preguntarnos en cada ocasión a quién nos dirigimos con nuestro discurso (discurso-palabra, discurso-acción) para no pifiarle en los modos y en los contenidos. Convencer que, en todo caso, es la tarea fundamental de la militancia.
Entonces, cuando nos digan que lo que se va es el circo, antes de ponerse a desarmar la premisa que nos coloca en el mismo escalón que un payaso o un equilibrista, expliquemos que hay que abandonar la ingenuidad, porque lo que se va también con un modelo de Estado sin tensiones con las minorías ricas del país y del globo, es el pan.

*Licenciada en Comunicación Social

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