LA DAMA NECESITA LOS ALFILES

*Por Liborio Abelardo Zaitsev

En octubre de 2014, Martín Sabbatella señalaba en la revista Horizontes del Sur que “el carácter fundacional del kirchnerismo está en debate. Para nosotros, este proceso, que nació en las entrañas del peronismo y su historia, que lo representa y continúa, rompió a la vez sus fronteras para representar también otras historias y tradiciones políticas, sociales y culturales. Al hacerlo, parió una nueva identidad. Para otros, en cambio, lo ocurrido en estos años fue un momento y punto, un segmento temporal en el que el péndulo del PJ se recostó del lado izquierdo del reloj de la historia.”

La claridad anticipatoria de la caracterización adquiere más vigencia ahora, con el macrismo en el poder. Precisamente, es Macri y el gobierno quienes parecen haber entendido mejor el dilema que se presenta. El macrismo avanzó en la persecución política e ideológica sobre Sabbatella al frente del AFSCA y sobre Milagro Sala, referente de la Tupac, al tiempo que fogonea a Massa para liderar la recomposición institucional del Partido Justicialista.

Los misiles macristas contra Sabbatella y Sala tienen el mismo tenor, apuntar a dos de los principales referentes que ha construido el movimiento nacional y popular por fuera del pejotismo, ya sea en el caso de Nuevo Encuentro como herramienta política-institucional que sintetiza una serie de expresiones del peronismo y de la centroizquierda que dan vida a esa nueva identidad del campo popular, ya sea en el caso de la Tupac Amaru, como herramienta política de los movimientos sociales que lograron romper la dinámica clientelar y feudal del pejotismo provincial.

Efectivamente, el establishment ha entendido el dilema y juega a que el kirchnerismo haya sido solo un momento en el que el “péndulo del PJ se recostó del lado izquierdo del reloj de la historia.” Para las clases y sectores dominantes, el sueño demócrata es alcanzar finalmente un bipartidismo de tendencias al estilo republicanos y demócratas en Estados Unidos, laboristas y conservadores en el Reino Unido, PSOE y PP en España, o incluso alianzas de “centroderecha” y “centroizquierda” en Chile, que condensen y disputen distintas visiones sobre una agenda temática y sobre la gestión de un modelo político económico en el que no esté en discusión la supremacía del capital concentrado y sus socios locales.

Se entiende que esa sea la aspiración de la derecha. Es la lógica del liberalismo de reducir la democracia y la construcción de poder a la esfera de “lo político” como ámbito de participación institucional. Y a la vez, de reducir esa esfera de “lo político” a la mera disputa electoralera y de espacios propios. Va de suyo que además pretendan insistir en la reducción de movimientos político-sociales y fenómenos histórico-culturales como lo son tanto el peronismo como el kirchnerismo a una institución de la democracia burguesa.
Genera en cambio, algún interrogante sobre la candidez de sectores de la militancia popular que sobredimensionan la preocupación por la interna del PJ, desconociendo la historia movimientista de los proyectos políticos que a lo largo de la historia llevaron adelante las transformaciones en favor del pueblo.

Con un limitado apoyo inicial en las urnas y una escasa “tropa” propia, el kirchnerismo supo construir un espacio capaz de articular y atender las demandas de grandes sectores populares a partir de desmentir el argumento del posibilismo sobre los límites que imponen las relaciones de fuerza: la renegociación de la deuda en el plano local y la derrota del ALCA en el plano regional se lograron a pesar de las supuestamente desfavorables relaciones de fuerza. Incluso, fue a partir de esas acciones que se pudo acentuar un cambio en la correlación de fuerzas con el capital concentrado. Todas las medidas progresivas para el pueblo implementadas por el movimiento nacional se lograron más por la capacidad de plantear un rumbo político que aglutinara la voluntad de mayorías antes que por la construcción de una fuerza política propia que sostuviera ese rumbo .Por el contrario, esa capacidad de apoyo popular condicionó a que muchos de los sectores que integraron el Frente para la Victoria (en particular los provenientes del PJ) acompañaran esas medidas con la vieja consigna de que “con los dirigentes a la cabeza…” soplándoles la nuca.

La historia del movimiento popular muestra que siempre que se buscó alcanzar los objetivos de inclusión social, respeto de los derechos humanos y amplificación permanente de todos los derechos democráticos aún sin romper con el sistema capitalista, fue mediante la puesta en crisis del marco de la democracia burguesa y sus instituciones. En esas instancias nunca fue central “el “aparato de la institucionalidad burguesa” como – más o menos- señalaba Cooke, más que como herramienta electoral. Y más allá de que el folklore peronista dice que “el que gana conduce y los que pierden acompañan” en realidad ese axioma nunca fue aplicado cuando en el seno del movimiento popular confrontaron proyectos contradictorios, no sólo cuando se discutía por “la patria socialista” o “la patria peronista”. Para mayor ejemplo, basta entender el propio surgimiento del FpV.

Por el contrario, el “partidismo”, la institucionalización formal, más propia de la cultura progre educada de la UCR, sólo se dio en el seno del peronismo cuando hegemonizaron los sectores más reaccionarios y conservadores. Ya que al haberse perdido el objetivo común de poder del movimiento nacional y popular, lo único que resta es el proyecto partidario de alcanzar el gobierno, la clase media partidaria se lanza entonces a la lucha interna para reducir el poder de los “movimientistas” civilizando al partido, haciéndolo “aceptable” para el establishment.

Por eso, es al menos para poner en tela de juicio el repliegue hacia lo “institucional” que muchas organizaciones están realizando con su campaña de buena fe para afiliar al PJ. Está bien, es cierto, que los justicialistas que construyeron el kirchnerismo, disputen la interna de la propia fuerza política, que no se la cedan a los sectores más conservadores y reaccionarios. No es menester de este artículo versar sobre esa cuestión, que está en la primera plana de todos los debates del día, sino señalar que esa cuestión no puede ser la única, porque eso es justamente lo que pretende el establishment: aniquilar la batalla cultural que planteó el kirchnerismo como hecho maldito del siglo XXI, apuntando a la “priízación” del PJ como contenedor de las demandas y el descontento popular, y persiguiendo a todas las alternativas de construcción movimientistas que apunten a regenerar un frente nacional y popular.
En ese sentido, pareciera necesario también atender la construcción y el desarrollo de distintas vertientes que dieron contención a esas “distintas tradiciones políticas, sociales y culturales” que el kirchnerismo supo interpelar y que ampliaron los márgenes de la participación y apoyo masivo. “No todo es lo mismo” no es sólo una consigna electoral, es la capacidad de interpretar a un sector importante del pueblo y de la militancia que, interpelado por el proyecto político kirchnerista, e independientemente de sus orígenes (peronistas, de izquierda, progresistas), nunca se identificó con el PJ. Vale señalar ahora a todos aquellos “emponderados”, inorgánicos, movilizados, etc. que están buscando referencias políticas en los dirigentes que están codo a codo en la calle, en la resistencia a las políticas del macrismo y no en aquellos otros que se desvelan por las intrigas palaciegas.

Llegado el caso, valdría la pena volver a interrogarse por el papel y la suerte final que corrieron distintas experiencias del campo popular que apostaron a la construcción de una alternativa independiente que debatiera y tensionara los límites del movimiento nacional. Cierto es que la suerte final tienta a opacar cualquier análisis que no lleve a sustentar las tesis sobre el baglinismo, desde el PI hasta el FREPASO. No obstante, ameritaría mirar más allá para ver cómo en determinados momentos, esas alternativas efectivamente contribuyeron a ampliar los horizontes y la heterogeneidad del movimiento nacional y popular.

Cabría otro análisis exhaustivo para discutir las experiencias del FIP en los setenta, la propia del PI en los ochenta, etc, que en instancias electorales llegaron al millón de votos. Pero también las del Partido Auténtico, la experiencia de las FAP-PB, como la de otras experiencias latinoamericanas. Interesante el caso del PC chileno, que rehusó acompañar al demócrata Frei en la Concertación (Partido Socialista- Democracia Cristiana) en las elecciones de 2010 y su aparentemente magra cosecha (alrededor del 3% de los votos) se potenció con el rol ocupado en la lucha contra el ajuste del gobierno de Sebastián Piñera. La conducción de la resistencia le permitió a los comunistas chilenos torcer hacia la izquierda la nueva coalición que devolvió a Michelle Bachelet al Palacio de la Moneda.

Resultaría naïf – y falaz – analizar al PRO en esta línea. Si bien es cierto que la derecha apostó a una alternativa electoral propia (y que sólo hizo acuerdos con la UCR cuando fue capaz de imponerse hegemónicamente), también hay que señalar que, en realidad, jugó con la complicidad del partido del poder permanente (poder judicial, grandes medios, etc). No obstante, habría que reconocerle a Macri la paciencia de la araña para surfear las derrotas en sus inicios y la espera latente, algo que buena parte de la militancia popular suele menospreciar ante la tentación del PJ como Armada Brancaleone para el triunfo electoral.

Es necesario el frente nacional y popular, y creer que el PJ no jugará un papel relevante también es naïf. Pero justamente, evitar la intriga palaciega y el juego superestructural de los politólogos como eje central es fundamental para garantizar que ese frente retome el camino de 12 años de conquistas populares que el macrismo quiere desmontar y no se convierta en una opción progresista descafeinada (el laborismo demócrata PSOE).

El kirchnerismo floreció herramientas políticas con muchísimo potencial y será responsabilidad de sus cuadros dirigentes no tentarse y correr ante la chicana del “purismo” y no eludir el mote autopropiciado “marginales” para ir a “discutir el poder en serio”. A esta altura, marginales son los hippies que se van a vender pan relleno a San Marcos Sierra y los troskos que denuncian al FIT por burgués. Allá ellos.

En cambio, sería saludable que esos supuestos pruritos contra el purismo no alimenten en verdad la vanidad de querer salir en la foto a toda costa, si el precio a pagar es un 5% del electorado y de la militancia organizada que pueden hacer la diferencia. Para eso, cambie, lector/a, el concepto “margen” por el de “flanco” y vea el conflicto con otros ojos. Ahora que se puso de moda denunciar al macrismo como una verdadera “blitzkrieg”, sería bueno recordar que el empecinamiento de los laclausianos con la “guerra de posiciones” los llevó a entronizar tardíamente a la línea Maginot del sciolismo.

Metáforas bélicas aparte, y tomando en cuenta el llamado de Evo Morales a los movimientos sociales para resistir el avance de la derecha en Latinoamérica (y si en algo es rica la historia del proceso boliviano es en el rol que han jugado los movimientos sociales), sería bueno atender el planteo de Sabbatella de defender “en los barrios, en las escuelas y las fábricas” todo lo conquistado, y de “construir esa gran fuerza política, social y cultural para anclar territorial y socialmente el kirchnerismo y el liderazgo de Cristina”. Reducir esa tarea al armado del PJ – por mucho peso específico que pueda tener – es volver a porotear en el tablero chico de la política neoliberal.

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