LA FURIA ARLEQUINERA ES OTRO TRIUNFO IDEOLÓGICO DE LA DERECHA

* Por Obdulio Alcides Zaitsev 

En junio de 2002, el Dream Team de Marcelo Bielsa se volvió en primera ronda de Japón poquito después que estallara el país diseñado por el FMI y el consenso de Washington. Casi un estereotipo de la metáfora. El modelo exitosos  diseñado por tecnócratas “no políticos” volaba por los aires y su correlato futbolero – positivista escribía la peor página del fútbol argentino desde al menos 1970.

Lo de Japón (Corea – Japón para ser más precisos), no fue más que un emergente de una época: desde la obtención de la Copa América 1993, la Selección padeció decenas de infortunios incluyendo el 0-5 a Colombia, la vergonzosa clasificación en repechaje ante Australia (con un empate allá y un 1-0 acá), la eliminación en octavos en 1994, la eliminación en cuartos en 1998, la susodicha eliminación en primera ronda en 2002, vuelta a la eliminación en cuartos en 2006, otra vez eliminación en cuartos en 2010, con baile y goleada (0-4) ante Alemania incluida.

De todas formas, repetir el llegar a cuartos (es decir, entre los ocho mejores del mundo) es un dato a tener en cuenta para lo que vino después. Como corolario, se puede agregar el medallero olímpico (una plata y dos oros) obtenidos por los juveniles – que dicho sea de paso descollaron en los sub-20 poniendo a Argentina en el pedestal más alto de esa categoría – que vienen jugando los últimos torneos con la selección mayor.

Vale la pena la mención, porque desde 2014, el subcampeonato en Brasil le contagió esperanza y alegría a todo un pueblo con un equipo que, al decir del prestigioso Alejandro Grimson, “terminó el mundial dejando un fuerte mensaje político cultural”. En el comentadísimo artículo “El equipo es el otro”, Grimson destaca la racionalidad, la calma, el compañerismo, la escucha y la garra como cualidades expresadas dentro y fuera de la cancha, con una “humildad combatiente” que predominó en el equipo, “lejos de la soberbia como de la autoflagelación”.

Las identificaciones políticas de Sabella llevan rápidamente a contraponer la imagen de los subcampeones de Brasil con la parafernalia neoliberal que en los 90 había convertido a la camiseta argentina en un gran sponsor (quién no se acuerda de los jugadores poniéndose la gorra de la marca que le pagaba ante cada entrevista) y el estrellato de cada individualidad se contraponía a los sucesivos fracasos colectivos.

Haber elegido a Martino para suceder a Sabella, entonces, no parece casual. Aunque chocó la calesita con el Barcelona, el técnico ostenta una media docena de palmarés pero además llevó mucho más lejos de lo esperado a la selección de Paraguay con una impronta similar a la que marcó Sabella en el seleccionado argentino. La obtención de otros dos subcampeonatos con un esquema de continuidad en las características destacadas por Grimson nos traen, a l@s fuboler@s, la reminiscencia de la consigna “nunca menos”. Pero ahí es donde aparecen los arlequineros, gritando “Sí se puede!”.
Correte, que están jugando a la pelota.
Del arlequinero ya se ha escrito seguramente mucho – La revista Un Caño, el colectivo filosófico De Pies a Cabeza, etc. – baste recordar que es un especimen que aparece con el fetiche del seleccionado pero diría que es la exageración – si fuera posible – de lo que el filósofo Rubén Mira denomina el “hiper hincha”. Al arlequinero, el fútbol le viene dado por la pantalla, antes que por la práctica (de niños nunca dejábamos un picado para ir a ver un partido por la tele, que yo recuerde, ni un partido de mundial) y, por ende, por la visión de mundo que el capitalismo en su fase transnacional globalizadora y extractivista le impone al fútbol.
El arlequinero entiende el fútbol como se lo cuenta la tele, que achica el ángulo para reducir el concepto del juego colectivo al estrellato individual, que satura la experiencia del gol a la exacerbación benjaminiana de su reproductibilidad ad infinitum, que borra la no-existencia como parte fundamental de la elaboración del juego (el pase al vacío como la creación ex-nihilo a la que aludía Castoriadis), la potencia creadora, pero también el tiempo de la espera que puede no ser más que eso: un partidazo puede terminar cero a cero.
El arlequinero es la sinécdoque futbolera de la penetración cultural neoliberal en su más alta expresión. Su fútbol no es de tercera bandeja sino de primer plano. Su contrapunto no es el ajedrez, sino la PlayStation. No ve el contexto político y económico del fútbol pero tampoco ve totalidades dentro de la cancha y será hablado por otras estructuras: pedirá a Ramón Díaz en el 86, como pidió a Tevez en Brasil y ahora pide a Icardi, o quien fuere que esté en la marquesina.
Al arlequinero, el “pecho frío” se le cae de la boca, como al tilingo la m… diría Arturo Jauretche, porque el fútbol pantalla se alimenta de los “vende humos” esos tipos que corren y se tiran al piso para que la tribuna aplauda. Y llegar segundos detrás del primero, no los da por bien pagados, como a Fierro. Y compran las comparaciones que construyen otros. Por eso, siempre salen pagando con Maradona, pero no al que juega al fútbol, sino al que canta Manu Chao.
Por eso, vale hacer la siguiente disgresión.
Paréntesis hereje
Previamente, aclaramos que los Salieris de Zaitsev que somos profundamente creyentes en el Diego, pero a los efectos de la provocación retórica, vale la pena escandalizar un poco toqueteando algunos mitos. Pero justamente, los creyentes, que vimos “Héroes” más de setenta veces, sabemos que el gol del siglo solo fue posible por la hidalguía inglesa pero también por la doble opción de pase (Valdano y Burruchaga). Sabemos también que el único héroe en ese lío fue el Vasco Olarticoechea y su nuca salvadora.
Y que la gran figura del equipo argentino fue el arquero alemán Harald Shumacher, que en la final salió a cazar pajaritos en el primer gol (centro de Cucciuffo, cabezazo de Brown) y en el tercero, cuando se quedó dormido ante Burruchaga. Y que el D1OS ni apareció en la final, lo marcaron como casi nunca (a excepción de Reyna). Y que el gol más lindo fue el de Valdano arrancando de cuatro y terminando de once en un toqueteo épico. Y que segundo gol a Bélgica fue más lindo que el de los ingleses, pero como ellos no  tienen nuestras islas, etc.
D10S fue parte de un colectivo que nos dio un mundial. Otro colectivo, cuyo héroe fue el arquero, nos llevó a otra final. Y el mismo D10s se fue expulsado en los otros dos mundiales que jugó. Roja en el 82 y efedrina en el 94. La pantalla recortada, no te muestra nada de esto.
Elogio de la belleza del juego
Del mundial 86 se podría decir todavía más, pero vale señalar que acaso el mejor equipo de ese mundial hubiese estado entre Francia y Brasil, y que el mejor partido fue, sí, aquel en el que ambos equipos se destrozaron en cuartos,  en el que, es menester subrayar, Platini tiró un penal por arriba del travesaño…. Tan arruinado quedaron que no pudieron con la suerte de una Alemania también cansada, que también pasó cuartos con alargue y penales. Bélgica sufrió hasta los penales con la España de Butragueño, después de sufrir en el alargue con la URSS. Por mérito colectivo (otro impresionante toqueteo en el 1-0 de Pasculli a Uruguay) Argentina pasó octavos y cuartos (¡la nunca de Olarticoechea!) sin alargue, sin penales, con aire.
A veces, los planetas se alínean, otras no. Le pasó a Eusebio, le pasó a Platini, le pasó a Cruyff. A Distéfano, que nunca fueron campeones del mundo. Los hinchas de Boca y del D1OS, seguimos bancando al Maradona que erró CINCO PENALES SEGUIDOS y nos hizo perder un campeonato. Y no recuerdo haber visto tantos hinchas de River levantando el orgullo como cuando se fue a la B. Holanda fue la mejor selección de los setenta, y el palo le dijo no al tiro de Rob Resenbrik en el minuto noventa de la final del 78. Dos subcampeonatos es todo lo que obtuvo uno de los equipos más recordados del siglo 20 por su juego (nadie se acuerda ya del Francia del 98, pese a Zidane….)
A veces, los planetas se alínean, otras no. Como le pasó a Lottar Matthaus. El capitán alemán perdió las finales del 82 frente a Italia y del 86 frente a Argentina. Dicen que en la víspera del mundial 90, los arlequineros le pedían a Beckembauer que lo saque por fracasado y pecho frío….

Distéfano, Cruyff, Platini, Sócrates, Zico, capaz que al pobre Lio también le toca engrosar esa lista, como le tocó un Higuaín en lugar de un Caniggia. A la patria futbolera, sólo le quedan las gracias. Al arlequinerismo meritocrático, las puteadas.

La determinación en ultima instancia

Es tentadora asociar la estampa de tres subcampeonatos al proceso de acumulación histórica. Así como el fracaso del 2002 quedó cerca del estallido de diciembre de 2001, el subcampeonato de 2014 está ligado al momento histórico de un país que discute su destino. “Le erró con los cambios” suele ser una critica habitual a un director técnico. Habría que ver si puede extrapolarse la opinión a un país donde todas y todos somos directores técnicos.  El proceso de construcción de un proyecto de selección, que se da incluso sin cambios en la estructura del poder político y económico del fútbol, se choca con una parte de la hinchada que pide cambios. Hay los arlequineros y también los que acaso estén confundidos. Este equipo es mucho más equipo de lo que se puede, dadas la situación de desigual intercambio con las potencias.
Para ser más claros: la gran anécdota del último mundial que será recordada por siempre fue el siete a uno que los campeones propinaron a Brasil. Una mala tarde la tiene cualquier equipo, pero la diferencia entre el poderío de cada uno estaba mucho más lejos que eso. Además, Alemania abrió otra tendencia: por primera vez en la historia de los mundiales se repiten tres campeones europeos (Italia, España y Alemania) desde que Brasil alzara la copa en Corea-Japón 2002.
Aquí sí que no es casual que se trate de las tres ligas más poderosas en términos económico – financieros. Joachim Löw, el técnico alemán campeón en 2014, se vanaglorió del “trabajo serio y a largo plazo” (dijo algo así, no sé si exactamente) que les permitió alcanzar el título después de repetir el tercer puesto en los dos mundiales anteriores. Lo que se les escapa a los tilingos arlequineros – pero que los hinchas de un proyecto de selección nacional y popular no debemos soslayar – es que detrás de ese trabajo serio está la etapa superior del capitalismo transnacional en su modalidad extractivista.

En el España campeón de 2010 estaban Valdés, Piqué, Puyol, Iniesta, Xavi, Busquet y Pedro, es decir, siete jugadores de un mismo equipo, el Barcelona. En este Alemania campeón 2014, diez jugadores – Neuer; Lahm, Hummels, Boateng, Howedes; Khedira, Schweinsteiger, Kroos; Klose y Müller, forman parte del Bayer Munich.

Por el contrario, en la selección subcampeona no había más de dos jugadores de un mismo equipo. Además, sólo dos jugaban en Argentina y si se cuentan los 23 convocados, hubo jugadores de siete países (Francia, Argentina, Italia, Portugal, Inglaterra, México y España). Claro contraste con el caso alemán, basado en el desarrollo del mercado interno: De los 23 alemanes que fueron a Brasil, 16 jugaban en la liga alemana y el resto lo hacía en Inglaterra e Italia, que es como decir acá a la vuelta, cuando se trata de ganar días y horas para convocar a entrenamiento y amistosos.

Pese a ello, tres subcampeonatos. Recuérdenlo. ¿Se puede ser campeón? Sí,se puede, dirán, tentadores. Yo banco a este equipo y al “nunca menos”. No sea cosa que tengamos que fumarnos las banderas de “Fulano volvé” y aquellos que nos dicen que podemos jugar mejor, terminen diciendo que “los de antes jugaban demasiado bien” mientras miramos el próximo mundial desde afuera.

One thought on “LA FURIA ARLEQUINERA ES OTRO TRIUNFO IDEOLÓGICO DE LA DERECHA

  1. mas derrotismo de izquierda, autocritica nunca, por eso no ganamos nada, ese “trabajo serio” del que hablan nos dá alergia, creemos que esto es una pelicula donde un milagro va a hacer triunfar al “bueno” sobre los “malos”, pesimo.

Deja un comentario