RADIOGRAFÍA DEL DISCURSO PRO

*Por Silvia Hernández

 

Más allá de las medidas económicas y las decisiones políticas, uno de los fuertes de la crítica que recae hoy sobre el gobierno de Cambiemos es su comportamiento discursivo, compuesto por un ensamble de palabras, exabruptos, conductas corporales, bailes, objetos inflables, vallados estratégicos, entre otros. El rechazo opositor al discurso de Macri y sus funcionarios ancla tanto en su escasa profundidad y en su torpe tartamudeo, como en la flagrante contradicción que supone respecto de los actos concretos de gobierno. Objeto de risa por un lado, de denuncia por el otro, el discurso macrista suele ser tomado por sus detractores como una fachada con la única función de distraer mientras las políticas neoliberales y neoconservadoras se implantan por las buenas o por las malas.
Quiero proponer, contra los que oponen las palabras a los hechos, los globos a la represión, la alegría al ajuste, que la estúpida banalidad -concentrada de forma asombrosa en los monosílabos random de Mauricio Macri- merece sin embargo ser tomada en serio. Como también debe tomarse seriamente la alta capacidad de denegación social respecto del ajuste, de la idiotez, y de su mutua imbricación en favor de un proyecto de país neoliberal, desmemoriado y anti-latinoamericano. Si bien algunos signos muestran ya el incipiente resquebrajamiento de esta voluntad denegatoria, esta capacidad alcanza niveles inéditos, como ya se nos advertía en febrero de este año.

 
Empecemos por la campaña del macrismo, en su etapa antikirchnerista (durante la contienda electoral) y en la deskirchnerizante (con posterioridad al triunfo). Se trata de una empresa autoproclamada como desencantadora, una cruzada en pos de la “verdad”. En la visión de los neoliberales, para garantizar una economía real, para tener una Argentina creíble, había que comenzar triturando dos fábulas. Por una parte, había que blanquear las zonas oscuras –la corrupción, los números del INDEC-; por la otra, y mucho más profundamente, había que destruir el “relato” (kirchnerista), el cual, visto desde los ojos del calculador homo economicus, inducía pasmosamente a la formación y sostenimiento de la masa alienada en el líder que ya atemorizaba a Le Bon a fines del siglo XIX. Doble sinceramiento sobre la base de una doble aniquilación: del “relato” kirchnerista y de su líder, pasando por encima de todos los santuarios de la mística nac&pop.

 
En su lugar, advendría la verdad cruda de un país secularizado: “se acabó la joda”. En lo económico, el “sinceramiento” significa la pública asunción de que los integrantes del nuevo gobierno ya no son los amigos o representantes de los accionistas, sino los accionistas mismos a cargo de hacer y deshacer las leyes a su medida. Una asunción que se sintetiza en la frase del discurso del presidente en la Bolsa de Comercio porteña: “ya no vamos a tener que protegernos ni escondernos” (13/07/2016). En lo político, la celebración de la “desaparición de los héroes” viene en tándem con la honestidad brutal del dirigente que reconoce “estar aprendiendo”, “no saberlo todo”, “no haber calculado los efectos de sus políticas”, en suma, que reivindica su ignorancia como muestra de honestidad y buena voluntad.

 
Estas nuevas “verdades” se inscriben en un movimiento mucho mayor, que de tan obvio pasa desapercibido: la restitución de la primacía de la economía (de una cierta economía) por sobre la política. Que la pasión iconoclasta se diga en el lenguaje de la banalidad se explica entonces por el hecho de que la ideología ligada a los intereses de los grupos que impulsan ayer, hoy y siempre esta restauración, se expresa en un discurso que se auto-declara realista, que proclama la necesidad de dejar hablar a las cosas por sí mismas. Es el realismo capitalista que se oculta a sí mismo como discurso, y que en ese ocultamiento borra su íntimo vínculo con un modelo de país, con un proyecto político. Es el realismo capitalista que clama que es bueno que las cosas sean como son, que no hay alternativa, y que para evitar que las cosas sean peores debemos asegurarnos de que todos estemos en el lugar que nos corresponde por naturaleza. Nada más banal, más transparente, más nocivo, que la moraleja del institucional de la empanada: cada uno en su lugar haciendo lo que vino a hacer a este mundo. Nada más banal, más transparente, más nocivo, que el video de los empleados de limpieza preparando el despacho presidencial cada mañana. Hoy, por fin, argentinos, tranquilos: las cosas están en su lugar, el despacho del presidente está en condiciones, los curiosos están tras las vallas, las indias están tras las rejas. Todo va bien.

 
Y si el arraigo social ultrarrápido que este discurso genera tanta irritación entre nosotros es porque una de las principales enseñanzas de lo que bien o mal se llamó la “batalla cultural” de los últimos años fue que en la vida social, política y económica de los pueblos, siempre que se quieran soberanos, todo es materia de discusión y que nada debe necesariamente permanecer donde hoy está.

 
El macrismo como parte de un proyecto neoliberal que lo excede requiere de un gran acto social de denegación, mediante el cual grandes porciones de la sociedad prefieran “olvidar” que estamos efectivamente ante un proyecto político, por más que éste defeccione de su nombre en favor del lenguaje de las cosas mismas. Un proyecto político que, para negarse como tal, busca basarse en “evidencias” tales como que “Si uno quiere un corte fino de la mejor carne del mundo, la tiene que pagar” (Luis Miguel Etchevehere, 20/07/2016). Y si esta visión denegatoria, que rehúsa haber visto, es eficaz, es porque arraiga en un deseo de tener una seguridad de las cosas son como deben ser, en un anhelo de obtener garantías de que todo será “normal”.

 
La invitación que el kirchnerismo hizo a la sociedad de someter a discusión los límites de lo posible, muchas veces a costa de la propia reproducción de su hegemonía, superó las posibilidades o la voluntad de buena parte de la sociedad. No es que el kirchnerismo como gobierno lo haya politizado todo, pero es innegable que mostró con eficacia que todo era discutible. Esto permite agregar una interpretación más a los múltiples factores con los que buscamos entender la derrota electoral de 2015. ¿No será que la cadena nacional molestaba porque en ella el carácter conflictivo inherente a lo social era devuelto a la sociedad, no bajo la forma de soluciones, sino como un recordatorio del compromiso de cada uno con el destino común? ¿No será que el 51%, asustado ante el permanente recordatorio de que la vida social es precaria por definición, votó por una vida social simplificada, refugiándose así en el suelo firme de la ausencia de alternativas, de lo inexorable del destino de clase y del país periférico?

 
En este nuevo esquema de “autoritaria nivelación del sentido”, el ajuste y la represión ya no son la contracara de la banalidad y la alegría. Todos ellos se ubican en un mismo plano, acorde a una demanda social de restitución de una ficción colectiva de orden, certezas y normalidad: la gente quiere soluciones, la gente quiere un país normal. Ante este discurso, donde todo está a la vista, el trabajo crítico, político, no es solamente denuncia del cinismo, sino, como dicen López y Denegris, “develar también lo que esconde la transparencia”.

 
Sin embargo, nada es sin su otro. Junto con la pretensión desencantadora de un proyecto de país que se oculta como tal, una enorme ola de reencantamiento nos ahoga día tras día, como una marea que en cuanto se siente retroceder encuentra nuevas estrategias para permanecer y acrecentarse: las bóvedas, los pozos, los bolsos, las monjas. Inagotables avatares del antiquísimo relato de búsqueda. Si se trata de un reencantamiento no es solo por su evidente parecido a los cuentos de detectives y por la ficcionalización de sus modos narrativos, sino, más profundamente, porque se complementa de manera perfecta con el exhibicionismo obsceno: los CEOs de las empresas modificando las leyes desde sus sillones ministeriales para incrementar su propia ganancia, los grupos neonazis ingresando a la Casa Rosada, el alarde de desconocimiento y desinformación que realizan nuestros actuales gobernantes cotidianamente.

 
La corrupción como espectáculo constituye un reencantamiento desplazado que comparte con el movimiento de desencantamiento deskirchnerizante un elemento clave: la concepción de sujeto. Ambos mitos, el del realismo capitalista y el del reality de la corrupción le hablan a los individuos a quienes se ha responsabilizado enteramente de su derrotero personal, tanto en las buenas como en las malas: “No es que el país es independiente, o el Estado. Es que cada uno de nosotros tiene que asumir ese rol de ciudadano independiente. Y eso conlleva una enorme responsabilidad” (Macri ante la bolsa de Comercio, 13/07/2016). Individuos desligados de todo sentido de lo público y lo común, individuos “ajenos a los destinos de los demás”. El sinceramiento económico nos coloca a cada uno en soledad frente a nuestras facturas de electricidad, frente a nuestros crecientes riesgos de desempleo y desprotección. El tratamiento mediático de la corrupción nos ubica como jueces de sofá a cargo de evaluar las desviaciones morales de individuos con cuyas acciones se busca suplantar la materialidad de un proyecto de país, el cual, de más está decirlo, no podría jamás reducirse a ellos.

 
Ante ello, un trabajo político, crítico, consiste en hacer proliferar tácticas de defensa y de restitución del sentido de lo cívico, que produzcan en su propio movimiento imágenes de sociedades posibles. Se trata de mantener vigente una concepción donde el destino individual sólo pueda imaginarse entrelazado con el de otros en un “cruce de suertes”. Aún visto desde el punto de vista individual y hablado en el lenguaje de los intereses, el reencantamiento que estas prácticas e imágenes están llamadas a producir debe ser capaz de transmitir que nada conviene más a cada uno que el bienestar de todos. Se trata de reconducir la imaginación colectiva hacia un proyecto común, reafirmando en todo momento que ese común no remite a algo que ya seamos o que ya tengamos o a algo que debamos ser, sino a una apuesta por lo que queremos y podemos ser. Como sociedad hemos ya vivido de acuerdo a este principio, encarnado en consignas como “La patria es el otro” o en el privilegio político, económico y cultural otorgado a la Patria Grande. Contamos con esa experiencia, contamos con una fuerte memoria afectiva y vital, que es sin duda la que debe alimentar nuestras prácticas de resistencia al neoliberalismo y de afirmación de nuevas realidades por venir.

 

*Comunicóloga (UBA), investigadora en Ciencias Sociales y docente.

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