En telecomunicaciones, las relaciones carnales con Estados Unidos son triple X

*Por Justo Liborio Zaitsev

 

El problema del gobierno de Macri es que no da respiro. El neoliberalismo se encuentra a la ofensiva en todos los frentes y donde más avanza es en los más sutiles. Por ejemplo, desde la llegada de Obama, vemos se define cada vez con más claridad el realineamiento de la Argentina con la política exterior de Estados Unidos para la región. Esta nueva especie de Plan Cóndor, que tiene a la CIA operando (véase el golpe institucional-mediático-judicial en Brasil), a la Alianza del Pacífico como una nueva versión del ALCA para destruir los mercados internos locales y el desarrollo autónomo de la región, y a la IV Flota al acecho, se corona con la pobremente disimulada “cooperación bilateral” en cuestiones militares, que se traducen en la instalación y ampliación de bases militares norteamericanas en territorio nacional.

Más allá de las relaciones carnales, los tipos se levantan y te van a abrir la heladera para ver qué tenés. Y el rechazo salta por lo obvio: se multiplican las denuncias y las protestas contra la posible instalación de dos bases en Ushuaia y la Triple Frontera, con la (no tan) velada pretensión de acceder – o estar más cercanos – al control de dos las fuentes de agua potable más importantes del planeta: la península antártica (con jurisdicción compartida por Argentina, que además cuenta con hidrocarburos y minerales) y los glaciares del sur de los Andes, por un lado, y el Acuífero Guaraní por otro. De esta manera, se completa el cerco yanqui sobre los recursos naturales de América latina, con las bases que ya tiene instaladas en Colombia, Perú, Chile y Paraguay, a las que se suma la base militar de la OTAN en las Isla Malvinas.
No dan respiro, decían, porque mientras la discusión por el agua es fácil de plantear en el plano de la argumentación, el hilado fino de la diplomacia de Washington también está tejiendo un cerco sobre otro recurso natural, finito, y en poder del Estado, o sea de todas y todos: el espectro radioeléctrico.

Claro que ya arrancamos complicado, cuando hay que definir qué corno es el espectro. Ni Wikipedia nos salva: es “la distribución energética del conjunto de ondas electromagnéticas”… ¿y esto qué sería?: “una combinación de campos eléctricos y magnéticos oscilantes, que se propagan a través del espacio transportando energía”. Y para terminar el término radio frecuencia es “la porción de espectro electromagnético situada entre los 3KHz y los 300 GHz”.
No vamos a terminar este ‘revival’ diciendo qué son los Hz, baste decir entonces que una radiofrecuencia es una “combinación de campos magnéticos y eléctricos que se propagan por el espacio” transmitiendo energía, que puede ser una señal. Nuestros abuelos creían que había gente metida adentro de la radio. Hoy nos siguen vendiendo zonceras pero ya sabemos que cuando usted escucha, un decir, Radio Perón en el 680 KHz, ese numerito nos está indicando por qué lugar del espacio viene esa señal. Y eso vale para la radio, la televisión y la telefonía móvil y fija y la banda ancha y los satélites, etc. Lo interesante de esto es que por donde pasa una señala no pasa otra. Por eso es un recurso finito, escaso y cada vez más necesario para que funcionen los servicios de comunicaciones. Pero ya sabemos que en el neoliberalismo, donde hay una necesidad, hay un negocio. El espectro puede servir para tener más señales de TV comunitaria o más banda ancha móvil para cazar pokemones, depende de cuál sea la orientación ideológica del modelo que se quiera construir. No hace falta decir qué es lo que buscan AT&T, Google, Facebook, Turner, etc.

 

La diplomacia en clave de Tinder

Menos estruendosa que las colaboraciones militares, las reuniones bilaterales de cooperación con Estados Unidos están a la orden del día. Si en la primera, la delegación norteamericana fue ‘de luxe’ en la segunda directamente quedó clara la importancia que le da el imperio. En junio estuvieron presentes Olga Madruga-Forti, jefa de la División de Análisis Estratégico y Negociación de la Oficina Internacional de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC); Jonathan Levy, economista en jefe adjunto de la FCC; y Timothy Finton, consejero superior de Políticas Internacionales de Comunicación e Información del Departamento de Estado norteamericano. En agosto, directamente presidió el encuentro el propio Tom Wheeler, director del regulador norteamericano.

Para la foto de tapa, Estados Unidos y Argentina lanzaron el Grupo de Trabajo de Economía Digital. En el off de record, los estadounidenses le reprocharon a Aguad el poco decoro de Clarisa Estol, la secretaria de Promoción de Inversiones del Ministerio de Comunicaciones. Parece que la susodicha se fue de shopping durante las últimas reuniones de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) en Washington y la delegación argentina no estuvo presente a la hora de levantar la mano cuando los amos imperiales lo necesitaban.

Después del reto, vino el reclamo: Estados Unidos quiere que Argentina siga la línea estadounidense para reordenar la banda de 600 MHz, a la cual están llevando por ahora los servicios de radiodifusión que desalojan de la banda de 700 MHz, que se destinará para móviles avanzados de 4G (lo que la UIT denomina como IMT-A). Se trata de una avanzada para identificar la banda de 600 MHz también para IMT-A, algo que ya hicieron Bahamas, Barbados, Belice, Canadá, Colombia y México, todos países en el ‘hinterland’ de Washington.

Estos países promovieron sin éxito la identificación de la banda para servicios móviles durante la pasada Conferencia Mundial de Radiocomunicaciones de la UIT (CMR-15). Pero el cambio en la correlación de fuerzas políticas a nivel regional parece favorecer a Estados Unidos de cara a la próxima CMR-19. Por ejemplo, Brasil y Argentina postularon en la CMR-15 reservar las bandas para radiodifusión, pero el macrismo ya adelantó su apoyo para que en la próxima cumbre se promueva la identificación de la banda de 600 MHz como IMT. Y Brasil, con Dilma Afuera estaría evaluando una decisión similar.

La alineación de la política argentina para el sector con respecto a Estados Unidos va más allá de un interés puntual por la banda. Herida de muerte la CELAC, la OEA vuelve a ser el terreno central de la diplomacia americana. Aunque en el caso de las telecomunicaciones, nunca se fue de ahí. Todo se cocina en la Comisión Interamericana de Telecomunicaciones (CITEL) de la OEA. En los últimos doce años, Argentina fue la piedra en el zapato de la política estadounidense en CITEL y ahora Washington quiere que eso cambie, y Macri le va a dar el gusto. En agosto se reunió en Lima el Comité Consultivo Permanente I de CITEL. Allí, de las cinco propuestas que Argentina presentó para la próxima Asamblea Mundial de Normalización de las Telecomunicaciones (AMNT) que organiza la UIT cada cuatro años, dos fueron en conjunto con Estados Unidos. Y una donde más duele: el tema de Cyberseguridad. Estados Unidos reactiva una versión 2.0 de su “guerra de las galaxias” de la era Reagan, y el Pro le hace la gamba presentándole las propuestas.

Pero eso no es todo, en el último mes surgieron dos noticias más relacionadas con el tema del espectro. Una es la política de cielos abiertos en materia satelital. Contrario al denuncismo de algunos diarios y periodistas progres, cabe aclarar que el gobierno no está violando ninguna normativa, ni siquiera la ley satelital votada por el kirchnerismo en 2015. Todo dentro de la ley, cambia una política que, con parches (muy al estilo K) frenaba a los proveedores de servicios extranjeros y los obligaba a vender mayorista a Arsat, que mantenía el control del mercado minorista al cliente final. Todo, en un marco un tanto reñido con la legalidad pero políticamente encomiable en la tarea de defender la soberanía y la prioridad del desarrollo de la empresa estatal.
Todo eso quedó atrás, amparado en los tratados de reciprocidad firmados en la OMC. Pero lo reprochable es, además, que Arsat tiene posibilidades de vender su capacidad en la órbita 81°O, en el mercado estadounidense, ya que su cobertura abarca prácticamente todo el continente. Pero el yerno de Aguad, más interesado en hacer campaña para la intendencia de Córdoba, ni siquiera está planteando un plan de negocios en ese sentido.
El otro yeite es el acuerdo con Microsoft para el aprovechamiento de espacios en blanco en la banda de 700 MHz (donde está la televisión). Se trata de una tecnología que opera similar al WiFi, detectando ancho de banda disponible en donde transmiten los canales para brindar Internet. Esto es posible porque el “peso” de las transmisiones cambia, se consume más ancho de banda en transmitir un partido de fútbol, con 20 cámaras, que una escena de “El gourmet” con dos chetos cocinando en un estudio.
El ruido, otra vez, es por la rosca, harto lejana a la transparencia que publican los globoletos: porque el acuerdo con Microsoft está amparado por una cláusula de confidencialidad. Y además, surge una cuestión. El espectro, en esa banda, es licenciado. Por ende, si un operador brinda otros servicios, estaría ilegal. A menos que cambien la reglamentación y se establezca el arrendamiento de espectro, una figura que busca a toda costa implementar el Grupo Clarín para poder utilizar las frecuencias que adquirió Nextel y brindar servicios de 4G…

Todo va a parar al mismo embudo: la sumisión ante el imperialismo y las corporaciones y la entrega de un recurso natural, más velado y no menos importante para ejercer la dominación.

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