EL “NI” DE SANTOS FRUSTRÓ EL ADIÓS A LAS ARMAS EN COLOMBIA

*Por Camilo Eliécer Zaitsev

 
El triunfo del “No” en el plebiscito que tenía que refrendar el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC) supone la apertura de un nuevo capítulo del aprendizaje sobre “No Todo es lo Mismo”, ahora en Colombia. No es menester de este artículo versar sobre los alcances y las limitaciones del acuerdo, que es y será objeto masivo de análisis en estos días. Simplemente, apunta a destacar algunos elementos sobre por qué fue derrotada una propuesta de paz que parecía ser consensuada por la mayoría de la sociedad y cómo esa derrota supone una nueva avanzada de la derecha más retrógrada en la región.

 

La angustia viene a cuento por estos lares porque el triunfo del “No” supone también la victoria de los globos, caro simbolismo que fue usufructuado por Álvaro Uribe. El ex presidente y principal impulsor del Plan Colombia, herramienta de injerencia militar estadounidense en el país para combatir a la insurgencia, fue también la cara visible de la campaña electoral por el “No”. Ahora, con la victoria en las urnas, Uribe con su partido “Centro Democrático” es catapultado como presidenciable para las próximas elecciones de 2018.

Uribe se mostró desde el principio como férreo opositor al acuerdo y sobre la base de un discurso que denunciaba que el acuerdo de paz era sinónimo de “impunidad total para la guerrilla y el narcotráfico”, lanzó una furibunda campaña proselitista en todo el país. De vuelta y subrayado: campaña proselitista en todo el país. El juego de Uribe fue reiterar hasta el hartazgo que “los votantes del “Sí” tienen ilusión de paz y que los votantes del “No” también quieren la paz pero estiman que los acuerdos no la garantizan.

El despliegue marketinero del uribismo nos trae recuerdos cercanos sobre cómo se impone la derecha. Más aún cuando la lectura sobre el plebiscito lleva a la fácil analogía con otras situaciones de la realidad latinoamericana: si el “No” fue claro y contundente, las fuerzas a favor de la paz tuvieron una serie de errores y limitaciones para interpelar a la ciudadanía. El gobierno desestimó la campaña, sobrevaluando “El cuatrienio ganado” que se dio desde que en 2012 comenzaron las negociaciones con las Farc en La Habana, incluyendo los parciales ceses del fuego entre ambas partes.

Además, aunque el presidente Santos se abocó a lograr el éxito del acuerdo, no puede decirse lo mismo de las fuerzas que componen la coalición de gobierno. El Partido de la U, surgido del seno del liberalismo, es el partido de Santos y por lo tanto el que más apoyó el Sí, al igual que el Partido Liberal, cuyo máximo referente, el expresidente César Gaviria, fue coordinador de la campaña. Sin embargo, en el Partido Conservador se produjeron divisiones internas entre quienes apoyaron el Sí, los que promueven la abstención y los que están más cercanos al uribismo, lo que motivó la desmovilización de la fuerza.

Más compleja aún fue la posición de Cambio Radical, el partido del vicepresidente, Germán Vargas Lleras, que siempre ha visto con reticencia el proceso de paz. De vuelta, la existencia de un vicepresidente de un partido “radical” que traiciona nos empuja a la comparación fácil…La relación entre Vargas Lleras y Santos fue complicada desde 2002, cuando ambos compitieron por ser el principal pilar de la primera administración de Álvaro Uribe y desde 2006 a 2010, mientras Santos se quedaba al lado de Uribe, Vargas Lleras se iba distanciando hasta la ruptura total con el uribismo.

El propio Varga Lleras fue rival de Santos en las elecciones presidenciales de 2010, en las que acabó tercero. Desde 2010 ha sido un sostén fundamental del gobierno de Santos y desde 2014 mucho más que su vicepresidente: una especie de “primer ministro” y potencial presidenciable para 2018. Pero los radicales pusieron el grito en el cielo cuando Santos le otorgó el protagonismo de la campaña al Partido Liberal, por el razonable temor de que de esta fuerza salga un presidenciable que haga sombra a Vargas Lleras. El más probable sería Humberto de la Calle, expresidente entre 1994 y 1998 que ha encabezado las negociaciones de La Habana.

El comportamiento del radicalismo colombiano, más propicio a resolver su interna aún a costa de desarticular la construcción de consensos populares mayores (algo tan caro a los llamados “radicales” por distintas partes de la región, parece) también contribuyó a desinflar la campaña por el SÍ. Como consecuencia del inmovilismo oficialista y las internas en la coalición gobernante frente a la acción arrolladora del uribismo, la intención de votos por el Sí cayó de 65% en mayo – cuando se presentaron los acuerdos- al 53% a principios de septiembre.

Esta caída motivó que un gran número de organizaciones de la sociedad civil se haya volcado a la campaña en favor del “sí”, más allá de las especulaciones de los partidos políticos. Probablemente, el trotskismo colombiano, del cual no podemos dar mayores pruebas de vida, haya considerado que “todo es lo mismo”. En cambio, la lucidez de entender que “no todo es lo mismo” alcanzó incluso a un grupo de jóvenes víctimas directas de atentados realizados por las FARC, incluyendo a comparar Eduardo Bejarano, hijo del asesinado ex comisionado de paz Jesús Antonio Bejarano, ySebastián Arismendi, cuyo padre, Héctor Fabio Arismendi, fue uno de los once diputados regionales del Valle del Cauca secuestrados y asesinados por las FARC. De vuelta, la tentación de comparar es inevitable.

 

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Pero lo que preocupa ahora es lo que se viene, con el proceso de paz congelado y las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina. Las FARC deberán seguir lidiando con la chance de que una victoria del uribismo reactive la posición militarista y reanude la guerra. La conducción de Rodrigo Londoño Echeverri, ratificada en la última conferencia nacional de las FARC efectuada la semana pasada, seguirá siendo clave en ese aspecto. “Timochenko”, que lidera la organización guerrillera desde el 15 de septiembre de 2011 después del asesinato de Alfonso Cano por parte del gobierno colombiano, ha demostrado ser un un cuadro político con mayor formación y capacidad analítica que sus antecesores. Y es menester señalar que desde que asumió al frente de las FARC en 2011, fue el primer integrante de la cúpula guerrillera en promover la salida negociada al conflicto armado.

Sin embargo, las FARC no tienen mayor capacidad de injerencia en el futuro proceso electoral más que, al igual que el resto de las fuerzas progresistas y de izquierda, conjugar las variables del “no todo es lo mismo” frente a la polarización que se dará entre Uribe y el candidato que surja de las filas del oficialismo.

En ese sentido, vale recordar cómo jugaron esas fuerzas en las últimas elecciones. A pesar de que Santos salió del riñón de Uribe – y fue su ministro de Defensa y principal ejecutor del Plan Colombia – cuando llegó a la presidencia en 2010 se alejó de su antecesor y propugnó convertirse en “el ala derecha” del bloque de gobiernos progresistas en América latina. Sin romper en absoluto con el neoliberalismo en la política interna, su prioridad por impulsar un acuerdo de paz lo llevó a un acercamiento, incluso, con Hugo Chávez, gran promotor de las negociaciones con las FARC.

Esa lectura de las sutilezas llevó a un amplio espectro de fuerzas a votar por Santos en la segunda vuelta de las elecciones de 2014, en la que el presidente fue relecto por el 51% de los votos frente al candidato derechista Oscar Zuluaga, delfín de Uribe. La elección fue pareja en todo el país y el oficialismo se impuso gracias un triunfo holgado en Bogotá. El voto decisivo en la capital, que aseguró el triunfo de Santos, fue impulsado por el apoyo de las fuerzas izquierdistas Polo Democrático Alternativo y la Alianza Verde, que llamaron a votar por Santos en la segunda vuelta.

Dos años después, el resultado es el opuesto. Cabrá esperar que en los próximos dos años, el conglomerado de fuerzas progresistas tenga – en un contexto mucho más adverso – la capacidad de recomponer una posición que sea capaz de volver a incidir positivamente en el juego de las sutilezas del “no todo es lo mismo”.

 

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