PARA NUESTRO PROYECTO COMUNICACIONAL POR VENIR

*Por Silvia Hernández

 

Hace un tiempo propuse que desde la crítica antineoliberal, popular, de izquierda, como la llamemos, debíamos abandonar la posición de ridiculización de los globos amarillos, así como la mirada socarrona que define los monosílabos de Macri como muestras de escasez de recursos lingüísticos e intelectuales. También teníamos que renunciar a la hipótesis de la magnificencia de Durán Barba, especie de genio maligno de las comunicaciones, razón exclusiva del éxito arrollador de la campaña de la pavada. Era preciso, por último, que dejásemos de lado la metáfora de la fachada, que afirma que la puesta en escena PRO no es más que el telón que encubre la realidad del ajuste más brutal del que podamos tener memoria.

 

Nuestra crítica, me parecía, tenía que tomar muy en serio los exabruptos, los lapsus linguae, la frivolidad, la banalización y el achatamiento de todo. Había que preguntarse verdaderamente qué significan y cómo funcionan esos elementos en tanto parte orgánica de un modelo de país orientado a hacer retroceder a la política y a destruir la potencia de la esperanza colectiva en la ampliación de la experiencia de los últimos doce años. En suma, nos faltaba una hipótesis comunicacional en sentido fuerte.

 

En los últimos tiempos, la crítica antineoliberal volvió a frotarse las manos. Al menos dos episodios lo posibilitaron: la circulación de las fotos del backstage de Macri en el colectivo de los laburantes y sus impúdicas declaraciones acerca de que es obvio de que “pobreza cero”, su principal promesa de campaña, no es más que un modo de hablar.

 

El momento había llegado: ya nadie podría dudar de que la revolución de la alegría era una mentira. Desde la campaña electoral, Cambiemos se había propuesto a sí mismo como el héroe de una cruzada en pos de la verdad: sincerar los números, salir de la alienación en torno de la líder, quebrar los mitos y falacias del “relato”. Pero ahora, al fin, nos dijimos, esa epopeya promovida por la derecha se revelaba en toda su falsedad. Ahora, las masas se burlarían del presidente en las redes y en los almacenes, y la indignación popular ante la flagrante estafa electoral golpearía a las puertas de los ministerios. El marketing político tendría las horas contadas. Y, en el caso de que ello no aconteciera, la crítica antineoliberal tendría siempre el as en la manga: es que el blindaje mediático sigue siendo fuerte.

 

Es imposible negar la potencia de lo que llamamos “blindaje mediático”. Es preciso reconocer la caída de la “imagen positiva” del presidente en las últimas encuestas. Pero nada de ello nos autoriza a perdurar en algunos errores.

 

Primero, el de creer en un determinismo de la comunicación mediática. Es evidente que los medios nos “pican la cabeza” con un discurso monocorde y unidimensionalizante. Pero no podemos quedarnos ahí: no son los medios los que ganan las elecciones, y, a la inversa, no son los medios los que las pierden. Tenemos que preguntarnos, en todo caso, en qué afectos populares, en qué miedos, deseos, aspiraciones, abrevan los medios concentrados para ser tan tremendamente potentes.

 

Segundo, el de confundir la verdad con la objetividad de los procesos. Nos cansamos de decir que la verdad es un asunto de poder, pero actuamos como si no lo supiéramos, entrando en bizantinas explicaciones de todos los datos, de todas las causas y todos los azares (y sufriendo enormes frustraciones cuando nuestro esfuerzo pasa sin pena ni gloria). Hay que salir de ese modelo pedagógico, propone Edgardo Mocca, modelo que espera que las ilusiones masivas se disuelvan por el solo contacto con la información adecuada.

 

Por último, el error de evaluar la estrategia comunicacional de los representantes de los sectores concentrados como si estuviera hecha a imagen y semejanza de la idea que nosotros, desde el campo popular, nos hacemos de lo que debería ser una comunicación ligada a un proyecto político. Cuando creemos que el pueblo va a abandonar automáticamente a su líder al verlo tartamudear o mentir, nos equivocamos: no porque algunos de sus votantes no vayan a quitarle su apoyo –si bien puede que ocurra- sino porque para Cambiemos no existen ni el pueblo ni los líderes. Este error no nos es nuevo: de igual modo nos equivocábamos cuando comparábamos la Plaza de Mayo del 9 de diciembre de 2015 en despedida a CFK con la nula concurrencia el 1° de marzo de 2016 al Congreso para acompañar a Macri apertura de sesiones. Ese contraste expresa más nuestra incomprensión –no puede ser que esto esté pasando– que nuestra claridad al respecto.

 

Una de las batallas que libra actualmente el bloque neoliberal es por deskirchnerizar la sociedad. Esto no significa borrar del mapa al Frente para la Victoria, se trata más bien de convertirlo en una opción electoral más. Y van a llevar esta lucha hasta el fin: un movimiento político como el kirchnerismo evidentemente puede adoptar para ciertas luchas una forma partido, pero si se reduce a ello, está terminado. Ahora bien, a la inversa, ¿no soñamos nosotros con medir la debilidad de Cambiemos pidiéndole que funcione como un movimiento de masas? Cuando nos burlamos de que deban pagarle a extras para que vayan a sus actos, o cuando nos indignamos de que toda aparición pública de las autoridades gubernamentales se realice tras un prolijo vallado, estamos expresando nuestro deseo de que ellos representen un sujeto político debilucho. Pero nos equivocamos: no son un movimiento de masas, sino una conjunción de grupos de interés que se lleva de maravillas con un concepto de política como ejercicio profesional de la administración de lo que hay y con una idea de democracia como alternancia electoral.

 

Entonces, volvamos. Permanecer en la posición crítica que celebra como victorias propias estos “errores” del contrincante puede llevarnos al inmovilismo de creer que la realidad prevalecerá y de que la historia nos dará la razón.

 

Estamos ante un momento donde el lenguaje de la comunicación parece haberlo invadido todo: el diálogo, el consenso, el imperativo de escuchar al otro, la libertad de expresión. Y sin embargo, es un momento donde la comunicación en sentido fuerte, la que lleva a delante una sociedad vibrante, conflictiva, heterogénea, está agonizando. Donde se dice “diálogo” y “consenso”, se está reduciendo la política a la administración normalizadora de las voces; donde se habla de “escuchar”, se realizan sondeos y focus groups; donde se dice “libertad de expresión”, se otorga la potestad ilimitada al más fuerte para aplastar al pequeño.

 

En este escenario, nos propongo la tarea de disputar una cierta idea de la comunicación. Esto requiere primeramente aprender la lección de que la materia prima de la estrategia comunicacional neoliberal no son los datos, sino los afectos. Todo este tiempo no han hecho más que tratar de desplazar el sentimiento militante, la esperanza en un futuro mejor y el amor por los otros y por nuestros líderes de la región, hacia el terreno del miedo, de la desesperación, de la indignación moral, de la desconfianza hacia los demás. Las pasiones que llevan al aislamiento, a la pasividad y a la competencia de unos contra otros están a la orden del día: es él o yo, dice el carnicero ante el delincuente; es él o yo, piensa el empleado de su compañero ante la amenaza de despido. Nuevos afectos para un nuevo proyecto de país.

 

Y desde nuestro lado, en los espacios militantes, sentimos que no nos queda opción: pareciera que es imperativo optar entre persistir en la difusión de la complejidad de las contradicciones históricas y los modelos económicos, o subirnos a la banalización marketinera y a los 140 caracteres que marca la época. Atrasar o camuflarnos: una falsa dicotomía que nos viene impuesta por el propio programa comunicacional despolitizador y neoliberal.

 

No se trata de renunciar a lo que de bueno podamos sacar de cada una de esas formas de intervención. Pero ello en ningún caso debe hacernos olvidar que la comunicación no se agota en llenar el espacio público de palabras, cosas dichas, ruidos. Como enseñaba Sergio Caletti, comunicar quiere decir también escuchar al otro, escucha que no se compara ni con el “diálogo” ni con el “sondeo”. Es una escucha que sólo es genuina si estamos dispuestos a salir transformados de esa conversación interminable.

 

Comunicar significa también trabajar para instituir verdades ligadas a afectos como la confianza, el amor, la solidaridad verdadera. Afectos que son políticos porque nos proyectan hacia un futuro que sabemos que sólo podemos construir nosotros, confiando los unos en los otros. Un futuro que no se podrá alcanzar si no estamos todos, porque si no es con todos y para todos, ya no lo queremos. La verdad, dice Álvaro García Linera, es del orden de la esperanza. Es esta una guía preciosa para nuestro proyecto comunicacional por venir.

 

A la memoria de Sergio Caletti

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