El crecimiento económico bajo el macrismo y la búsqueda de la “normalidad”

*Por Federico Pastrana y Juan Goldman

 

Entre los años 2012 y 2015, la economía de nuestro país muestra tasas de crecimiento mucho menores a las observadas luego de la recuperación de la crisis del 2001. En este período, la economía argentina tuvo un comportamiento fluctuante relacionado con las barreras estructurales al crecimiento, vinculadas principalmente a la restricción externa, en un contexto económico global poco favorable.

El desendeudamiento fue una política central llevada a cabo por el kirchnerismo. Como resultado de ella, se vio una reducción en la dependencia de los movimientos de capitales del exterior (toda entrada de capitales implica una forma de deuda externa). Esto se vio claramente durante la crisis internacional iniciada en 2008-2009, que tuvo un bajo impacto sobre la economía local gracias al alto grado de libertad que tuvo el gobierno para realizar políticas anticíclicas. Además, el desendeudamiento logró reducir la demanda de dólares para pagos de vencimientos de cara al futuro.

Sin embargo, en una economía altamente extranjerizada y con una industria y una matriz energética fuertemente dependiente de las importaciones, la restricción externa se hizo sentir e impuso nuevamente un techo al crecimiento. Este techo estuvo caracterizado por una cuenta corriente cada vez más apretada y una cuenta capital limitada, con algunas entradas vinculadas a préstamos internacionales, con predominio de fuertes presiones a la salida de capitales.

El nuevo gobierno que asumió a fines de 2015, con otra orientación política y económica, desarmó el esquema macroeconómico y aprovechó ciertas condiciones para intentar cambiar las reglas del juego. En su discurso, el macrismo tenía la intención de levantar las restricciones para que los capitales pudieran fluir libremente, lo cual generaría nuevas condiciones para el crecimiento y desarrollo del país de la mano de la inversión externa y el esfuerzo de los argentinos por lograr su propio “éxito”, en un país de nuevas oportunidades.

Esta nueva (¿vieja?) orientación se materializó en políticas concretas. La desregulación de la cuenta capital y el sistema financiero, el acuerdo con los buitres, el blanqueo de capitales, la baja en las retenciones, la mayor apertura a las importaciones, la caída e intento de control del salario real, el establecimiento de nuevas reglas para las contrataciones del sector público y las diversas señales a los mercados financieros internacionales son algunas de las medidas que se llevaron a cabo en este sentido.

Los resultados generados por estas políticas fueron distintos a los anunciados en el discurso de Cambiemos. La inflación se aceleró y, a raíz de la caída de los ingresos reales de la mayor parte de la población, se produjo un gran ajuste de la actividad interna. En paralelo, el Banco Central consiguió controlar el tipo de cambio, con una fuerte devaluación y una tasa de interés elevada. Esto comenzó a plantear un esquema macroeconómico distinto, con otras reglas del juego. El factor central en esta estrategia fue la posibilidad de tomar deuda externa rápidamente, tanto por parte del Estado Nacional (U$S 32.367 millones) y de las provincias (U$S 7.192 millones, en suma) como de los privados (U$S 5.179), para financiar la “normalización de la economía”. Parte importante de este nuevo endeudamiento fue al pago a los buitres, la reactivación de la remisión de utilidades y dividendos (U$S 2.200 millones) y de la Formación de Activos Externos (U$S 18.500 millones).

Dejando de lado los movimientos de corto plazo, creemos que el cambio de orientación y el set de políticas implementado tienen en sí mismo una búsqueda de más largo plazo, vinculada a la legitimación de un nuevo modo de crecimiento y una distribución del ingreso distinta. Se puede decir que el discurso de la “normalización de la economía” implica una “búsqueda” de política económica que intenta compatibilizar los esquemas laborales, sociales y culturales con una nueva inserción en el mundo que traería el “progreso a los argentinos de la mano de la inversión extranjera”. Difícilmente esto ocurra teniendo en cuenta tanto el contexto internacional como los esquemas forjados en los últimos años. Por esta razón, el gobierno necesita “comprar tiempo” mientras se “van realizando las reformas”. Ese tiempo se cuenta en dos relojes. El primero es la capacidad de endeudamiento, que posibilita al gobierno controlar el tipo de cambio y financiar las divisas que la economía necesita. El segundo es el límite que impongan las organizaciones sindicales y sociales al nuevo modelo económico.

La nueva búsqueda implica que el consumo (el mercado interno) debe dejar de ser la herramienta de demanda a fomentar para paliar el contexto externo negativo. Esto, implícitamente, significa dejar de analizar la evolución de los salarios reales, el empleo y las prestaciones sociales como factores de demanda y poner en el centro de la escena a las inversiones extranjeras, la entrada de capitales (por su probable efecto sobre el crédito interno) y las grandes obras de infraestructura. En términos políticos, esto implica un viraje importante respecto al gobierno anterior. El resultado de las negociaciones salariales no deberían ser altos, no solamente por su efecto sobre la inflación, sino también porque deben generarse mejores “oportunidades de inversión”, con salarios más deprimidos.

A partir de este análisis surgen varios interrogantes. Tal vez el más importante se vincula con la necesidad o no, por parte del macrismo, de retomar tasas de crecimiento más altas en el mediano y largo plazo, en el marco de la búsqueda de la “normalidad”. ¿Será que el macrismo necesita una economía que crece más rápidamente o simplemente su intención es plantear un set de políticas que plantean nuevas reglas del juego en la Argentina? ¿Esas nuevas reglas del juego incluyen de alguna manera la posibilidad de aumentar salarios reales un año porque “hay que ganar elecciones”? ¿Será que el alineamiento de las organizaciones de trabajadores y empresarios legitimará una distribución del ingreso más regresiva, acorde a esas nuevas reglas del juego?

Probablemente las respuestas a estas preguntas sean importantes para analizar lo que sucederá en los años venideros. Tal vez, el gobierno priorice la posibilidad de “normalizar” y “estabilizar” la economía más que el propio éxito en retomar altas tasas de crecimiento. Seguramente, ésta sea la clave para pensar lo que esté por venir. De todas formas, el desenlace de estos esquemas macroeconómicos es conocido: los modelos basados en endeudamiento externo terminan con grandes crisis de balance de pagos, a causa de la reversión de los movimientos de capitales. En un contexto externo como el actual, esta estrategia es igual o más peligrosa que en el pasado.

 

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