LA INDUSTRIA ARGENTINA, ANTE LA ENCRUCIJADA

Por Andrés Tavosnanska

 

El año que viene, cuando el país vuelva a las urnas para reforzar o debilitar el vuelco neoliberal que timonea Mauricio Macri, la economía será -como siempre- uno de los ejes del debate. A fines de 2017, Argentina habrá acumulado ya 6 años de estancamiento, cerrando con un PBI per cápita menor al del año 2011. Lejos de desmarcarse de esta tendencia, la industria es uno de los sectores que habrá perdido peso en la economía nacional. La caída del PBI industrial per cápita ya alcanza el 12% en 2016 y amenaza profundizarse el año entrante. Pero… ¿cómo llegamos hasta acá?

 

La reindustrialización

Desde la salida de la Convertibilidad, la industria atravesó 32 trimestres de crecimiento a tasas elevadas (con la única excepción del período más agudo de la crisis de las subprime, en 2009). En esos 9 años, Argentina logró duplicar su producción industrial y retomar el proceso de reindustrialización que había abortado en la última dictadura militar. Este proceso se distinguió no sólo por su intensidad – 8% de crecimiento promedio -, sino por la evolución del empleo, las exportaciones y los cambios intersectoriales. En primer lugar, la industria volvió a crear empleo, rol que no había cumplido ni siquiera en los breves momentos de expansión de las décadas pasadas. Así, aportó más de 500 mil nuevos puestos de trabajo registrados, transformándose en un eje fundamental para la reducción de la desocupación y la informalidad.

Por otra parte, se logró conjugar el abastecimiento del mercado local creciente por la ampliación del consumo popular, con la multiplicación de las exportaciones: las manufacturas de origen industrial crecieron 281% y las de origen agropecuario 247%. Las ventas al exterior representaron alrededor de la cuarta parte de la producción industrial, duplicando el peso que tenía a finales de la década pasada. En este rubro, el alto precio de los commodities realizó una doble contribución. De manera directa, permitió valorizar las manufacturas agrarias; pero además dio impulso a las economías de la región, fuertemente dependientes de sus productos primarios, dinamizando el mercado principal de las exportaciones argentinas. El MERCOSUR -con Brasil a la cabeza-, Venezuela y Chile fueron destinos claves de las manufacturas nacionales en estos años.

El tercer fenómeno novedoso fue el fin de la primarización de la producción. A diferencia de lo ocurrido en el último cuarto de siglo, los sectores más dinámicos no fueron los asociados a la industria alimenticia y la producción de insumos básicos (siderurgia, petroquímica, aluminio). Por el contrario, se destacó la recomposición del complejo metalmecánico y el renacimiento de los sectores intensivos en mano de obra, como textil, calzado y marroquinería. Así, se recompuso la producción de maquinaria agrícola y equipamiento eléctrico, automotriz y de electrodomésticos (heladeras, cocinas, lavarropas), de embarcaciones livianas y de instrumentos médicos, entre tantos otros rubros. De esta forma, lideraron la expansión en esta década sectores con mayor incorporación de valor agregado, tecnología y diseño nacional.
La política industrial, por su parte, se caracterizó principalmente por la inercia en los primeros años y recién sobre el final de este período comenzó a mostrar ciertas novedades. Los regímenes más importantes, tanto en términos del gasto como de impacto, fueron heredados: los incentivos para la producción en Tierra del Fuego, la protección del mercado automotriz y el comercio administrado en el Mercosur, la promoción de la producción de bienes de capital y los créditos para el desarrollo tecnológico del FONTAR.

La responsabilidad de asegurar la reindustrialización recayó fundamentalmente sobre la macroeconomía: el tipo de cambio alto aseguró la rentabilidad y competitividad, mientras la política fiscal y de ingresos se encargó de proveer una demanda en constante expansión. Sin embargo, la confianza en que la macroeconomía resolvería los problemas estructurales de la industria fue mermando a través de los años, particularmente luego del impacto de la crisis internacional. En ese sentido, el ensanchamiento del déficit de manufacturas industriales, llegando a superar los 30.000 millones de dólares, resultó una señal de alarma.

En este camino nacieron la promoción de la industria del software, el apoyo financiero a las PyMEs, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva con el Fonsoft y el Fonarsec, la reactivación del Plan Nuclear, la recuperación de Fabricaciones Militares, TANDANOR y FAdeA y las primeras Licencias No Automáticas para sectores sensibles.

 

La restricción eterna

Como dijimos al comienzo, para 2012 la economía y la industria habían dejado de crecer. La macroeconomía virtuosa y el contexto internacional pujante eran historia. El déficit comercial industrial ya no podía ser financiado por un superávit agrario que se vio sobrepasado por las importaciones de energía, la fuga de capitales y la remisión de utilidades, en un contexto de caída de los precios de los commodities.

La caída de las reservas y la imposibilidad de acceder a los mercados de capitales nos retrotrajeron a los típicos ciclos de stop & go, en una versión aun más breve que la original, en donde se crece únicamente los años eleccionarios y apenas como para compensar el ajuste de los años pares. Así, la industria sufrió a una economía local estancada y con mayor incertidumbre, junto con un marco regional de fuerte deterioro. Principalmente Brasil y Venezuela entraron en procesos de inestabilidad política y económica que las llevaron a demandar cada vez menores cantidades de manufacturas argentinas. La industria perdió ventas al exterior por U$S 16 mil millones de dólares en estos 4 años, con un mercado local sin capacidad suficiente para compensar.

Por otra parte, en estos años florecieron decenas de programas de promoción industrial. La reforma de la Carta Orgánica del BCRA habilitó el lanzamiento de nuevas herramientas financieras como la Línea de Crédito para la Inversión Productiva. A esto se sumó el “inciso K” que obligó a las aseguradoras a destinar parte de sus inversiones a actividades productivas, en consonancia con el “inciso Q” que insta a destinar al mismo fin parte del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de la ANSES. De esta forma, se logró que las PyMEs dispuestas a invertir cuenten con crédito disponible por primera vez en décadas.

El Estado no sólo financió el desarrollo productivo, sino que comenzó a jugar un rol más decidido como emprendedor. Entre los mayores logros estuvo la exportación de reactores nucleares y la fabricación de radares y satélites en el INVAP y la producción de aviones Pampa en FAdeA. En muchos de estos casos, es el Estado el que provee la demanda y así posibilita el desarrollo de las capacidades tecnológicas locales, en lugar de recurrir a la importación.

Por último, la escasez de dólares llevó a la ampliación del esquema de administración del comercio a través de las DJAIs. Más allá de su caótica implementación inicial, se transformó en una herramienta primordial para promover la reinversión de las empresas multinacionales, el desarrollo de encadenamientos locales y evitar la desindustrialización ante la amenaza de las manufacturas asiáticas.

Paradójicamente, al final de la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, el país contaba con el entramado institucional de promoción industrial más potente en 40 años y con una industria que podía poner en órbita un satélite nacional, pero no incrementar su nivel de producción.

 

El péndulo se inclina al neoliberalismo (otra vez)

Lamentablemente, de la mano de Mauricio Macri ha vuelto la idea de que Argentina puede descansar tranquilamente en sus recursos naturales y el financiamiento externo. La agroindustria, la minería y los servicios profesionales, desarrollados por la inversión extranjera, serían así los pilares mediante los cuales el país se convertiría milagrosamente en Australia. El milagro agrominero, para ser mínimamente consistente, debería incluir que Argentina triplique su territorio (el equivalente a anexar a Chile, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia) y reduzca en un 40% su población, condición sin la cual no habrá renta de los recursos naturales suficiente para vivir como los australianos.

De este lado del mundo, el nuevo gobierno avanzó en la apertura comercial, el desfinanciamiento de los organismos de ciencia y tecnología y el desmantelamiento de las empresas estatales. En simultáneo, la suba de tasas de interés, el tarifazo en los servicios públicos y la caída del consumo popular generan un combo recesivo que afecta seriamente la rentabilidad de la industria.

El resultado de estas políticas, con cierre de fábricas y miles de despidos, importaciones en alza y científicos buscando nuevos países que los alberguen, es el comienzo de un proceso de desindustrialización que continuará hasta que pueda ser frenado en las urnas.

 

Leé más en la Revista Plan H: https://issuu.com/elgermenfce-uba/docs/plan_h_-_n__xiv_nov_2016

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