UNA CRÓNICA DE LA XXV MARCHA DEL ORGULLO

*Por Yanina Chiafitella

 

La Plaza de Mayo estaba casi desierta a excepción de los puestos de las distintas organizaciones en la feria que se había armado como previa a la marcha. La lluvia era torrencial. Muchxs trataban de guarecerse debajo de paraguas tironeados por el viento. Otrxs habían decidido que la lluvia no era un problema y bailaban en el aguacero al ritmo de algunas bandas que tocaban. Mucho rimmel chorreaba sobre caras preocupadas. “Es duro ver tan poca gente desde ahí arriba”, comentó unx de los que acababa de bajar del escenario. Pero a eso de las cuatro y media de la tarde, la lluvia decidió dejarse de aguar la fiesta y los camiones se empezaron a llenar de gente. Minutos después, arrancó la 25° Marcha del Orgullo por Avenida de Mayo hacia el Congreso.

Los colores, los brillos y la música contrastaban fuerte con el monolítico gris que vestía el cielo. Era difícil encontrar dos cosas: personas que no bailaran o que no estuvieran cantando y riendo. Cuerpos pintados, cuerpos escritos, cuerpos que brillaban envueltos en toneladas de purpurina de colores. Cuerpos que gritaban mirame de todas las maneras posibles, quizás como reacción a tantas décadas adentro del clóset. Ya nadie tenía la cara tapada por miedo a ser reconocidx, como en aquella primera marcha del orgullo de 1992. “Este es el día en que me muestro como soy y al que no le gusta, que no mire”, gritaba una trans desde la cima de unos tacos infinitos.

La Policía Metropolitana guardaba una necesaria distancia de 100 metros, ubicada sobre las calles paralelas con algunos móviles y agentes para desviar el escaso tránsito. Tenía sentido, difícilmente podrían haber estado más cerca. Una de las consignas de este año pedía por el fin de la violencia institucional contra la comunidad LGTBIQ. “Siempre con las putas, nunca con la yuta” aullaban los megáfonos. A los camiones de las organizaciones de diversidad, los secundaban los de varias agrupaciones políticas. “Mirá, está La Cámpora. ¡Están en todos lados!” comentó sorprendido un policía a sus pares cuando vio pasar las banderas de la agrupación a una cuadra de distancia.

Al frente de una de las columnas, el Papa y Macri iban dando saltitos de la mano. “Enemigos de nuestros derechos” rezaba una pancarta detrás de ellos. Se esperaba este año, a diferencia de los anteriores, una contramarcha católica. No sucedió. “Los curas a laburar, a laburar, a laburar, por el aborto legal vamo’ a luchar vamo’ a luchar” coreaban en el camión de izquierda.

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No faltaron tampoco los carteles y cantitos a favor de la legalización de la marihuana y la libertad a Milagro Sala. “Al orgasmo eterno, sin Dios ni Patrón“, proponía una bandera, a modo de síntesis.

Una vez en el Congreso, el clima de fiesta se fue apagando. “Me robaron el celular, boludx“, comenta alguien tanteándose los bolsillos. “A cuatro de lxs que estaban en ese camión, también“, le respondieron con resignación.

Mientras tanto, el escenario montado frente al Congreso aguardaba la llegada del último camión para comenzar el acto de cierre, que debió finalizar poco después de haber comenzado. Apenas llegó a presentarse tímidamente Me gritaron Fifí, una banda de tango queer. La gente ya había comenzado a dispersarse por Callao y Rivadavia y en eso, volaron algunos botellazos. Piedras y huevos también se sumaron como proyectiles hacia el escenario. La fiesta de cierre tuvo que ser suspendida y Bandana, el grupo musical a cargo, no pudo salir a escena. “No había acuerdo con que toque Bandana, habiendo tantas bandas LGTBIQ“, explica unx. “Son gente infiltrada que nos quiere hacer quedar mal“, aventuraba otrx. Como fuere, el final de la marcha tuvo poco de fiesta y mucho de desconcierto. Nadie pudo determinar si tuvo o no algo que ver que este año la marcha ya no se hiciera bajo el gobierno que había sabido reconocer tantos derechos a la comunidad LGTBIQ. Lo cierto es que el clima de alegría se fue diluyendo rápidamente. Hacia las nueve y media de la noche, lo que había prometido ser una gran fiesta, se quedó en silencio.

Sin embargo, ni siquiera esos huevazos lograron empañar una marcha que celebró 25 años de la comunidad LGTBIQ saliendo del clóset, peleando por sus derechos, por un país más igualitario y por la visibilidad que tantos años costó conseguir.

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