APLASTADA

Por Tamara Haber

 

Entré al predio. Antes, me cortaron la entrada. Me revisaron la mochila y el gordo de la puerta hizo un comentario sobre mi tamaño. El recital no tardó en empezar. Maru, mi amiga, entró conmigo, pero sabíamos que tarde o temprano nos íbamos a separar. Lo de siempre: esperarnos en la entrada si las casualidades de los apretones y los saltos no se alineaban para asegurar nuestro reencuentro. Empezó el recital, corrí hasta las vallas, el único lugar que le permite a mi metro y medio disfrutar algo del recital. Quería bailar y estaba segura que alguno me podía subir a los hombros para gritar con euforia el primer tema. Nada de eso ocurrió. La chispa de una candela tocó la media sombra del techo y el resto todos lo conocen.

 

No puedo decir que fue sólo por una chispa. Las puertas estaban cerradas. No únicamente las de emergencia. El techo estaba cubierto con una inmensa media sombra totalmente inflamable cuyo plástico llevamos por mucho tiempo en los pulmones. La capacidad fue doblada. Minutos después, quizás segundo, justo en el momento en el que muchos nos dimos cuenta que la muerte estaba en ese lugar, alguien cortó la luz. La oscuridad era una confirmación de la desesperanza y salir de Cromañon era sólo un acto de fe.

 

Todo esto pasó a mis 15 años cuando pensé que iba a un recital de Rock. Culparon a la música. Culparon a los jóvenes. El Estado el mayor responsable la sacó barata. Ahora a mis 27 dicen que estuve en una tragedia. Pero el sábado en Olavarría no pasó nada de esto. El sábado en Olavarría fui a un recital de Rock. Tomé cerveza. No comí chori porque ya me pega mal. Y disfruté la alegría de compartir con un montón de personas unos rocanroles antes de entrar, pero los medios hoy me llaman sobreviviente. Me dicen que sobreviví a una tragedia de nuevo. Les dijeron a mis viejos y amigos, que todavía tienen el corazón en la mano por buscarme entre cuerpos sin vida, que eran 7 los muertos. Escuché que unos padres murieron en la ruta en busca de su hijo, podrían haber sido los míos. Dicen que sobreviví a una tragedia, sería mi segunda vez, y que no entienden como insistimos en ir a lugares como “esos”. Que somos unos reventados y estamos embobados por un fanatismo reo.

 

Mi compañeraza Lucre Fernández se siente aplastada, yo también, todos estamos aplastados, pero no por una avalancha, por una realidad construida. Resistimos bajo presión los comentarios falsos, las interpretaciones mal intencionadas y los juicios condenatorios para que no nos aplasten. Ese es el esfuerzo emocional que estuve haciendo esta semana. Explicar y explicarme, interpretar, tratar de tender algún puente conceptual entre lo que dicen y lo que viví. Pero esta tragedia griega poco dice de nuestra subjetividad, de nuestra experiencia y de nuestras emociones y mucho tiene de intencionalidades bajas chatas y mezquinas que les sirve para culpabilizar y volver a señalar a lo que siempre les molestó: las expresiones populares.

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