DE OLEADAS Y DE OLEAJES

Por Emilian Desmoulins

Resultan paradigmáticos ciertos análisis que describen situaciones coyunturales en términos históricos como resultados de oleajes de pensamientos que azotan naciones y regiones, dando como resultado corrientes políticas e ideológicas que tienden a ejercer (o no) el poder. El último gran fenómeno de este tipo que se tendió a usar como ejemplo fue la llegada de gobiernos progresistas y populares a la región que se dio entre fines de los 90 y principios de los 2000. Es sabido, los procesos revolucionarios abiertos de forma convulsionada en Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia, acompañados por los que se dieron de forma más pasiva, como en Uruguay y Brasil, configuraron durante más de una década el eje político e ideológico de Sudamérica librando una batalla más en la histórica antinomia pueblo – corporaciones.

 

Pasando ese período a trazo grueso, se encuentra una disrupción que da inicio con las últimas elecciones en Argentina que ubican a una coalición representante de los poderes económicos concentrados nuevamente en la administración del Estado. A partir de esta situación política electoral se blandieron distintas teorías, análisis y explicaciones  alrededor de el resurgir de una nueva derecha aggiornada que venía a arrebatar las conquistas populares de la década anterior. La praxis del nuevo Gobierno demostró que eso no era un error, sin embargo lo que sobrevino fueron elaboraciones de perspectiva efectistas sesgadas por el politicismo producto de lo que Martin Hilbert, experto en redes sociales y actualmente es el asesor tecnológico de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, llama Bigdata. La posibilidad gestionar un exceso de datos, la capacidad de  procesarlos, identificar correlaciones y predecir, fomentaron la tendencia a programar la realidad. Entonces, la victoria de Mauricio Macri se relacionó con los fenómenos estructurales y superestructurales de Venezuela y Brasil, respectivamente, lo que devino regreso indefectible de la derecha expulsando a los gobiernos progresistas de la última década. SIn embargo eso no pasó.

 

A pesar del traspié del Gobierno del MAS en Bolivia con el referéndum que habilitaría la relección del presidente Evo Morales, el peleadísimo balotaje entre Lenin Moreno y Guillermo Lasso en Ecuador y la terrible situación económica y social de Venezuela a la cual debe dar una respuesta el Gobierno de Nicolás Maduro, varios de los Gobiernos de esta última gran corriente regional que veló por los derechos del pueblo y el empoderamiento de las organizaciones de base, los sindicatos y la sociedad siguen en pie y en disputa. Estas contradicciones se acentúan en hechos recientes del mundo. Las elecciones estadounidenses auguraban un clara victoria de Hillary Clinton, como abanderada de las políticas sociales de Obama, secretaria de Estado de 2009 a 2013, consensuando con establishment  y con gran parte de la sociedad y con el favor de todas las cadenas de medios. Sin embargo Donald Trump se impuso por un escaso margen de electores con una campaña política cargada de segregacionismo, racismo, machismo, discriminación y sesgos autoritarios. Pero a la vez contundente y con respuestas claras para los problemas económicos de los norteamericanos. En Austria, donde todo indicaba que luego de las elecciones de diciembre del año pasado marcharían hacia un Gobierno de derecha populista de la mano de Norbert Hofer resultó ganador Alexander Van der Bellen, un ecologista septagenario que iba de punto a perder estrepitosamente contra la corriente neofascista europea. Y por último, Francia. La quinta república con sus partidos tradicionales en crisis casi que se definía entre el populismo de derecha de Marie Le Pen y su Frente Nacional y el populismo de izquierda de Melenchon con Francia Insumisa. Sin embargo entre estas variantes brotó Macron, un joven liberal de centro derecha que se impuso en el balotaje contra Le Pen.

 

Entendiendo a la volatilidad como la única constante en los últimos eventos electorales y sociales de la región (y por qué no del mundo) las lecciones son ineludibles; no hay oleaje que se imponga por sobre las masas de manera hegemónica como corriente de pensamiento y en abstracto de los procesos sociales que rigen y protagonizan las personas. No hay programación ni medios o datos que puedan determinar el curso político de la historia, tampoco existe un futuro escrito para el próximo siglo ni una ruta obligada por la cual marchar. Es que los procesos históricos no se tratan de oleajes de pensamientos o ideas, sino de oleadas de personas que las llevan adelante. La multipolaridad del mundo sigue vigente, la posmodernidad ha muerto y sobre su tumba danzan desde los ejércitos rusos y norcoreanos, pasando por las guerreras kurdas de medio oriente y el pueblo palestino hasta los movimientos sociales europeos y americanos. Nada está dicho, todo está en disputa y ayer, miércoles 10 de mayo, en la Plaza de Mayo quedó demostrado como medio millón de personas decidieron cambiar el destino y lo lograron. La movilización en contra del 2×1 otorgado a los genocidas de la última dictadura militar en fallo dividido por la Suprema Corte de Justicia fue un balde de agua fría en la siesta del movimiento en pleno año electoral. Entre espasmos por la sacudida, reaccionó de manera incuestionable y torció un dictamen que hubiera tenido terribles consecuencias en el futuro inmediato de la política nacional. La unidad y masividad fueron incuestionables, al punto que todos los medios hegemónicos se vieron obligados a reflejar hoy en sus tapas la imponente concentración. Casi al mismo tiempo que esta convocatoria arrancaba, la cámara de diputados aprobaba de forma casi unánime una ley express que anula el fallo jurídico del 2×1 y pone a los jueces Carlos Rosenkrantz, Horacio Rosatti y a la jueza Elena Highton en el ojo del huracán y de las críticas, abriendo una verdadera crisis del Poder Judicial con futuro incierto.
La victoria del pueblo en las calles implica un desafío en las urnas. El lugar cómodo de la crítica a los medios de comunicación y su rol en la política queda completamente rebasado por la realidad. No hay explicación que valga a la hora de salir a disputar políticamente. Está tan demostrado el poder de los medios como la posibilidad de ganarles. De los actores políticos depende el futuro de la patria.

Los caminos están claros: se puede seguir dispensando culpas, o abandonar las mezquindades en pos de la unidad para derrotar a la derecha, aceptando la responsabilidad histórica que se presenta porque se puede y se debe vencer.

Deja un comentario