MIENTRAS PELEAMOS POR UN LUGAR EN LA TELE, VIENEN POR INTERNET

Por Liborio Abelardo Zaitsev

 

La salida de Víctor Hugo Morales de CN5 nos saca del foco de la discusión. ¿Por qué? Porque nos pone a la defensiva, pero en un retroceso en el cual nuestras retaguardias también están en la mira.

No digo que no haya que dar todas y cada una de las discusiones, por favor. Sólo tecleo urgente un par de líneas para señalar que, una vez más, nos tiran de todos lados y mientras uno trata de sostener el rancho, se nos cuelan por la ventana.

Digo a cuento porque más allá de debates sobre derecho a la comunicación varios (los ataques a la pluralidad de voces en los medios masivos, la obscenidad del reparto de la pauta oficial, la persecución a periodistas de medios populares, etc.) se reitera lo que dijimos anteriormente sobre la fusión Cablevisión-Telecom: el principal problema es que los Ellos vienen por más, pero nosotros ni sabemos qué es lo que queda por defender.

Tendría, entonces, que ser una preocupación, la retaguardia, que en estos tiempos de caza de brujas en el prime time de la TV abierta y paga, no es otra que la Internet. La amenaza viene, para variar, del centro mismo del imperio.
El jefe de la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, Ajit Pai, un republicano nombrado por el presidente Donald Trump, anunció en estos días que modificará la normativa sobre neutralidad de red aprobada durante el gobierno de Barack Obama, que prohíbe que los proveedores de servicios de Internet (ISP) impidan el acceso de los consumidores a contenido en la web.

Es lo que se conoce como la neutralidad en internet (o en la red), Net Neutrality en inglés. La neutralidad de la red es uno de los principios que ha regido Internet desde su creación y hasta ahora ha sido respetado por los proveedores de este servicio. Este fundamento se basa en la premisa de que los reguladores (gobiernos) y los proveedores deben de garantizar que no haya privilegios para algunos contenidos por encima de otros. Se trata de no otorgar beneficios especiales a algún participante o de afectar intencionalmente a otro.

La neutralidad en internet busca tratar como iguales a todas las máquinas conectadas con respecto a los paquetes de datos que transporta. Si dos archivos pesan igual deben ser tratados igual sin importar el origen. Todo el tráfico de datos que transite por la red debe tener los mismos privilegios comparados con sus pares iguales, sin discriminarlos o que los usuarios perciban que el contenido carga de manera diferente según el contenido, página web, plataforma, aplicación tipo de equipamiento utilizado para el acceso, o modo de comunicación.

El principio de neutralidad en la red suele tener excepciones, como en la priorización de las comunicaciones de los servicios de emergencias, la gestión de la propia red de las operadoras o el uso de servicios críticos como los de teleasistencia o en casos de ciberataques globales. Las reglas actuales prohíben que los proveedores de banda ancha bloqueen o ralenticen el acceso o carguen más a los consumidores por ciertos contenidos. Si Trump cambia las reglas, las empresas que ofrecen el acceso a Internet (cableros y telefónicas) tendrán un gran poder ahora para decidir a qué contenidos pueden acceder los clientes y a qué precio.

La preocupación no es menor, porque tanto la regulación estadounidense como la de la Comisión Europea (mucha más estricta a la hora de defender la neutralidad de red) suelen sentar las bases de lo que se legisla en Argentina, donde la neutralidad de redes está establecida en la Ley Argentina Digital que, vale recordar, fue parcialmente derogada por el macrismo junto con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, con el famoso DNU 267/15 que le abrió las puertas a la fusión Clarín-Telecom.

 

Si se afectara el principio de neutralidad, por ejemplo, una empresa como Telecom (ahora controlada por Cablevisión) podría bloquear el consumo de Netflix para favorecer la comercialización de su servicio Flow. Pero también podría bloquear el acceso a otras páginas. Esto viene al caso porque justamente, la retirada de much@s comunicador@s censurados en las pantallas, revitalizan su accionar a través de Internet. Pero más allá de las limitaciones sobre la masividad que aún pueda tener el streaming, la discusión sobre una ley convergente no debe dejar resquicio a que se altere la neutralidad de redes. Esto es necesario ampliarlo y discutirlo, porque, a mi humilde entender, cuando discutíamos la Ley de Medios, teníamos muy en claro qué pedíamos en torno a una comunicación más democrática. Respecto a Internet, somos unos cuantos (me incluyo) quienes tocamos de oído el tema. No porque defendamos a Netflix , o a Google o a Facebook, sino a nuestras posibilidades de seguir construyendo sentido a través de Internet.

 

El problema de “tocar de oído” es terminar pateando para el lado contrario. Baste ejemplificar cómo las cámaras del “copi rraigt “, nos operan. Con el título “Una ayudita para Google”, Página 12 reprodujo hace días una crítica contra la Ley de Intermediarios, consensuada por el PRO y el FPV que libra a los ISP de la responsabilidad de controlar los contenidos de sus plataformas. La ley  plantea, entre otras cosas, que los contenidos solo puedan ser removidos previa acción judicial y no dependiendo de actores privados, algo que parece molestar más a las cámaras que hacen negocios a nombre de los autores que a los autores en sí.  En todo caso, a posterior se deberían debatir las limitaciones a la regulación de las grandes plataformas de la economía digital, como Google, Uber o Airbnb.

 Pero eso bien vale otra nota de alguien que sepa: y como dije, ese es un déficit que tenemos en el campo nacional y popular. Por ahora el big data, la inteligencia artificial, el machine learning, las fintech, y todas esas cosas, son muy de ellos. Y así nos ganan.

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