GRIMSON: “EL LABERINTO ES QUE CON CRISTINA NO SE PUEDE Y SIN CRISTINA NO SE PUEDE”

Alejandro Grimson es antropólogo, docente y porteño. Entrever lo entrevistó para hablar de la Ciudad de Buenos Aires, sus habitantes, sus fronteras, “la porteñidad” y por supuesto, la política. Pase y lea.

 

E: Trabajaste mucho el tema migraciones, fronteras e identidad ¿Como se piensa la Ciudad de Buenos Aires si uno la analiza desde esta perspectiva?

AG: En Buenos Aires hay una serie de fronteras de distinto tipo. Unas que son muy básicas porque están dentro de nuestro lenguaje común, que tienen que ver con CABA, primer cordón, segundo cordón, tercer cordón, y que da cuenta de esa desigualdad semicircular, que son esos semicírculos que envuelven a la ciudad y en los que cada vez que pasás al más lejano, va empeorando la situación socioeconómica de sus habitantes. Por el otro lado, hay otro polo que tiene que ver con estar más cerca del río o más lejos, que es muy fuerte en el norte de la Ciudad. Después hay una tercera cuestión que está incluso presente en Borges y en otros autores, que es la Avenida Rivadavia. Esa frontera es de algún modo constitutiva de nuestra subjetividad ciudadana urbana, y en ese sentido estructura nuestras relaciones y nuestras espacialidades. Vos podés pensar en un pibe que se mueve alrededor de la Avenida Santa Fe, Cabildo, Córdoba o Corrientes y que difícilmente cruza Rivadavia o Belgrano y que cruzar al sur ya implica un cierto nivel de extrañamiento y de no pertenencia. Vos encontrás ciudades latinoamericanas y en Buenos Aires empezó a pasar hace tiempo, de gente que hace su vida dentro de un cierto ghetto urbanístico, dentro de una frontera que puede ser por ejemplo entre Libertador y Córdoba y que se va por esas vías hasta las autopistas hacia los barrios privados de fin de semana y después vuelven. Esa gente no entra en contacto con la “otra gente”.
Esa “otra gente”, sí cruza la frontera, pero para trabajar. No se cruza por sociabilidad salvo de manera excepcional, no hay amistades ni sociabilidad urbana entre esos mundos donde las distancias parecieran ser cada vez mayores, cuando en realidad vivimos en un mundo donde la espacialidad debería ser algo más relativo y menos problemático. Cuando entrás a una villa en CABA o en el Conurbano, vez pibes que prácticamente no salieron nunca de ahí y ves que hay gente que sólo sale para laburar. Entonces ahí aparece un problema realmente muy complicado, porque esa forma de la vida urbana después condiciona el gran desconocimiento que hay en la ciudad respecto a cómo viven los otros; quiénes son los otros; qué quiere decir vecino; y cómo eso influye después en la forma de hacer política.

 

E: ¿La Ciudad es de clase media?

AG: En 2011 hice una encuesta que el 78% de los habitantes del área metropolitana se consideraba de clase media, ahora la CEPAL publicó que 80% de los argentinos se consideran de clase media. Lo que quiere decir es que lo que se consideraba clase media desde la teoría social y desde las herramientas del marxismo (profesionales, pequeños productores, pequeños comerciantes, etc) no tiene nada que ver con lo que la gente considera. La gente puede llamar clase media a tener una vivienda mejor a la que tenía, a no ser el último orejón del tarro, a no estar totalmente excluído, a tener un sueldo, a poder mandar el pibe a la universidad, etc. A un montón de elementos que no están en la sociología clásica, pero que tienen que ver con la constitución de subjetividades.

 

E: Pasando a la política de la ciudad, ¿Creés que el PRO hizo una mejor lectura de las ambiciones y los intereses de esa clase que se autopercibe cada vez más grande?

AG: Sin dudas hizo una mejor lectura para sus propios fines. ¿Cuáles son su propios fines? Promover el individualismo, el consumismo, la satisfacción y la idea de que las soluciones son individuales y que dependen del esfuerzo personal. A pesar de que hay un montón de personas en este país que se esfuerzan y que no les va bien, porque van empeorando las condiciones. El relato de que “si te esforzás vas a llegar” no es un relato válido en una Ciudad donde hay un montón de problemas, pero nadie más que ellos ofrece un relato y que lo catalice en una visión colectiva.

 

E: El PRO logró saltar esa frontera de la que hablabas al principio dentro de la Ciudad, a partir de la interpretación que hizo de la autopercepción de la clase media ¿Se puede explicar el desarrollo político de ellos en la Ciudad a partir de eso?

AG: Creo que en parte sí y en parte creo que el Gobierno Nacional anterior le hizo un enorme favor. Primero porque puso al PRO como antagonista y al mismo tiempo puso a la clase media. Ese fue uno de los grandes errores políticos, entre otros. Los insultos a la clase media cuando el 80% del país se consideraba clase media, gracias a las políticas de gobierno que ellos mismos promovían, son como una de las grandes paradojas. La gente en general piensa distinto a aquéllos que tenemos una vocación transformadora del mundo. Nosotros tenemos nuestros propios lugares del deseo y de las utopías, pero tenemos que entender que es imposible llevarlas a cabo sin conectar con los deseos y las utopías de las personas reales, que piensan de manera diferente. Y el PRO decidió hacer investigación social, porque entendió que haciendo eso podía incidir más sobre la realidad. El resto relegó mucho tratar de entender y la investigación social, entender las subjetividades. Últimamente se intentó un cambio en la comunicación, pero más como una cuestión táctica que como una cuestión central y nodal de la política.

 

E: El PRO gobierna hace 10 años la Ciudad de Buenos Aires. ¿La Ciudad es de derecha?

AG: En 2007 cuando ganó el PRO muchos creíamos que iban a privatizar escuelas públicas y restringir cuestiones del espacio público, etc y lo que mostró es que es un partido que tiene objetivos claramente neoliberales pero que coloca la política por encima de sus ideologías. Lo primero para ellos es seguir ganando elecciones. Lo segundo es que su política, a diferencia de lo que creíamos, no es incompatible con la obra pública sino que es totalmente compatible. En ese sentido es un neoliberalismo no clásico. Porque en el clásico no había obra pública y acá la hay porque son negocios para ellos y por más que sepamos que son negocios, llegan a todos los barrios. El modo en que en las redes el PRO se comunica en relación con la obra pública en la Ciudad me hace acordar a “la trampa” que uno le hace a los hijos. Cuando vos tenés un hijo chiquito, ponele de 4 años que tiene que ir al jardín en invierno con 5 grados afuera, que cuando lo vas a llevar te dice “Yo voy sin pullover”. Entonces la trampa que hacés es decirle: “Podés ir con el pullover rojo o con el azul, sos totalmente libre de elegir, ¿cuál elegís?”. Un día te desafía y te dice “No, voy con el violeta” y vos decís “perfecto”. Larreta nos trata a todos de esa forma. En Facebook te dice “¿Elegí qué querés para tu comuna? ¿Querés que cambiamos las baldosas en una esquina por 2 millones de pesos o un corral para perritos en la plaza por 1 millón y medio?”. Y no, yo quiero subte. Macri ganó en 2007 diciendo que iba a hacer subte.

 

E: ¿El subte es una forma de interpelar a las clases medias urbanas?

AG: El otro día en el título de La Nación decía “Inician la Línea F” y adentro en el artículo decía “inicia la obra en 2020 con la excavación”. Una cosa que habría que reforzar y que lo empiezan a retomar los trabajadores del subte es que el transporte público es el subterráneo. Quien jerarquiza el transporte público construye subterráneos. Esa es la agenda que tenemos que tomar, porque es lo que el PRO no hizo y no va a hacer. Esa campaña de ampliar el horario que lanzaron los metrodelegados es muy importante. Para los laburantes es central que haya subte a las 5 AM y para los pibes es central que haya a la noche. Y además, como diría el PRO, “es lo más normal en cualquier país del mundo”. Eso es una agenda para convocar a las clases medias.

 

E: ¿Qué pasó con Lousteau?

AG: Su performance en 2017 se explica porque es imposible que la ciudadanía soporte una pirueta tan ridícula. Él no era Cambiemos, estuvo a punto de derrotarlo y utilizó ese capital político para ser Embajador de Estados Unidos y entonces empezó a ser Cambiemos y a mucha gente que lo votó no le parecía tan mal que “contribuyera al país”. Pero después se fué para ser diputado, no se entiende. Como no se entendió lo que hizo, la gente decidió no acompañarlo. Si quiero la película oficialista, voto oficialismo puro.

 

E: ¿Cuál es el lugar del kirchnerismo en la Ciudad?

AG: El kirchnerismo perdió porque hubo una oposición que se unió y se terminó estructurando. Por ejemplo a los 8 años hubo un desgaste con la 125, etc, pero en 2011 no hubo oposición. Acá no hay oposición, en una Ciudad donde el oficialismo saca 50% y el que lo sigue saca 20% estable, sin ninguna chance de pisar el 25% y se toma como algo normal. Y es normal y parece estar conforme, porque si no lo estuviera se cambiaría la estrategia. El kirchnerismo se pregunta cómo podemos ser la oposición más fuerte al macrismo y la pregunta del resto es como podemos construir una alternativa de gobierno al macrismo, son dos preguntas diferentes. Ahí el kirchnerismo por ahora define un límite y un techo para sí mismo, que es el techo de buscar ser “la mejor oposición”, la más dura, consistente y coherente. Pero para ganarle al macrismo hay que ser la mejor alternativa de poder.

 

E: ¿Cómo se construye esa alternativa de poder, esa “nueva mayoría” de la que escribiste? ¿Cuál creés que es el rol de Cristina y el kirchnerismo ahí?

AG: En este momento histórico estamos en un laberinto si queremos derrotar electoralmente a Cambiemos. El laberinto es que con Cristina no se puede y sin Cristina no se puede. Con el kirchnerismo no se puede y sin el kirchnerismo no se puede, porque nunca vas a construir ninguna mayoría contra el neoliberalismo sin el kirchnerismo porque hay procesos históricos, hay identidades políticas, hay militancia social. Una pretensión de ese tipo sería negar la realidad. Al mismo tiempo estoy convencido de que no se va a construir una mayoría contra el neoliberalismo poniendo por delante de la mayoría el kirchnerismo, que es lo que se está haciendo hasta ahora. “Nos parece fantástico ampliar todo lo que quieran, vengan atrás nuestro que nosotros los llevamos” y no va nadie, ni uno. En esas condiciones no se va a sumar nadie. La única solución que puede haber tiene que provenir del propio kirchnerismo, aceptando que la pluralidad va a ser programática y política y que después las cosas se van a definir en internas o como sea. Que el kirchnerismo sea amplio de manera genuina y eso implica encabezar o acompañar y ser parte de un proceso que derrote al neoliberalismo. Ahora si el kirchnerismo cae en una política sectaria de largo aliento, que es una posibilidad real, lo que va a terminar pasando es que va a surgir otro fenómeno antineoliberal que va a terminar rompiendo la salida del laberinto y posiblemente una parte de la militancia kirchnerista termine integrando esa salida. Es una hipótesis.

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