EL OTRO FÚTBOL

*Por Yamila Larroude, Lic. en Comunicación Social

El fútbol constituye el máximo símbolo de hegemonía patriarcal, que reproduce en el seno de su propia discursividad barreras estructurales de género y ocupa un rol privilegiado en la construcción identitaria masculina: se nace con nombre y apellido, pero también con una camiseta de fútbol.
En ese sentido, se afirma que el deporte más popular del mundo continúa erigiéndose como uno de los instrumentos más potentes a la hora de apuntalar la desigualdad de género.

 

Los sociólogos del tablón, han apodado “cultura del aguante” a una serie de significaciones relativamente estables por las que masculinidad y fútbol poseen una fuerte imbricación: una moralidad que divide al mundo entre amigos y enemigos, una estética grotesca y carnavalesca, y una retórica que estructura todo un lenguaje misógino, homofóbico y xenófobo.

La lógica del aguante ordena la cultura futbolera y organiza la masculinidad. Precisamente, el rol de la prensa especializada ha sido preponderante en la construcción figurativa de héroes populares forjados en el potrero rioplatense, presentado como un espacio democrático y libre donde la gambeta denotaba virilidad y autonomía, en detrimento del heredado fútbol inglés, tan metódico, disciplinado y colectivo. Así, las narrativas futboleras comenzaron a instituir no sólo la masculinidad, sino además la identidad nacional, a partir de relatos épicos que han dado lugar a la “futbolización de la cultura”: ningún enunciado es posible fuera de la gramática del aguante, antes bien, allí reside su valor comercial.

El éxito en la producción de la noticia deportiva radicó en legitimar el antagonismo a partir de la creciente visibilización de las hinchadas como componente atractivo y esencial del espectáculo, cuando no protagonista. Incluso, el periodismo devino en periodismo partidario de los clubes más populares de Argentina, en formatos televisivos prime time, reproduciendo, en cierta forma, el litigio tribunero otrora prohibido por AFA – Ascenso 2007, Primera 2013 – en un intento por evitar el cruce de barras locales y visitantes.

Las cristalizaciones de sentido relativas al campo discursivo del fútbol argentino dejan al descubierto una problemática de género, ineludible a la hora de evaluar el papel de las mujeres en el fútbol, su inserción y desarrollo profesional como actoras directas: jugadoras, árbitras, hinchas, dirigentes, periodistas, entrenadoras, DTs, etc.
El fútbol femenino queda subsumido en lógicas patriarcales que vertebran el mundo entre “machos” y “putos”, donde las mujeres no poseen representatividad discursiva alguna ni son sujetos noticiables, sólo refieren a ellas como “botineras” u objetos de deseo – fácilmente blanco de las cámaras durante las previas o entretiempos de los partidos masculinos televisados – y meras disrupciones en los patrones de género. La exclusión es perfecta. Así, el fútbol jugado por mujeres, es percibido como el “otro fútbol” o, aún peor, como aquello que no es fútbol.

El género femenino, históricamente confinado a las faenas domésticas y a un rol meramente reproductivo, encuentra en el juego colectivo y solidario una nueva manera de configurar sus existencias y deseos, parándose en la cancha como en la vida, de una nueva manera: como sujetos de derechos. Sus cuerpos, desencadenados de los mandatos sociales, conquistan lo negado, y desde allí, enuncian sus propias lógicas de juego, expectación y relato. Ese “salir a la cancha”, espacio público predominantemente masculino, instituye un acto revolucionario a través del cual se configuran nuevas subjetividades y narrativas en torno a la pelota.

El fútbol leído en clave feminista pareciera ser una alternativa posible al relato hegemónico – de los “huevos” y el aguante -, capaz de articular nuevas categorías que organicen las relaciones sociales dentro y fuera de la cancha, y donde la violencia no posea una positiva valoración.

¡Que sea fútbol!

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